Una vuelta a Primera hollywoodiense

Una Vuelta A Primera Hollywoodiense (24.8.15)Sporting – Real Madrid
(El Molinón, Gijón – 23.8.15)

Toda la ciudad vivió esta semana sacudida en su sistema nervioso por el pellizco de la emoción. No es un regreso cualquiera. La vuelta a Primera División ha sido tan hollywoodiense que podría inspirar una película sobre superación, esfuerzo con el aliño del final inesperado y feliz. Además, la temporada se inauguraba contra el Real Madrid. Dos formas de entender el fútbol opuestas. Dos maneras de estar en el mundo antagónicas e incompatibles.

Si el Sporting de Gijón ha recuperado su esencia y su idiosincrasia debido a una crisis económica y una gestión deplorable, el Real Madrid se desnaturalizó en el campo y se deshizo de sus valores tradicionales durante el camino que le llevó a la gloria financiera. Por eso, niños, mayores y jóvenes de corazón rojiblanco avanzaban hacia el Molinón como absorbidos por una fuerza magnética. Ese imán se llama pasión.

Yo llegaba con el cuerpo dolorido por los kilómetros y los oídos reventados del volumen de los conciertos. El viernes actuábamos en Santander y el sábado en Estepona. Demasiados kilómetros en poco tiempo, así que para llegar a tiempo al partido, cogí un AVE hasta Madrid y después un avión. No podía perderme un partido así. Quiso acompañarme José Lapuente, mánager de Loquillo y mío en solitario, que es un madridista de corazón y casta y, por tanto, desencantado con el actual traje del Real Madrid con el que no se identifica desde que Florentino llegó a ocuparse de la caja y el tono ideológico.

Con respeto reverencial, Lapuente entró por vez primera en el Molinón y sintió algo similar a cuando acudió al Fillmore de San Francisco. Como pasamos más tiempo hablando de fútbol que de música, sé el aprecio que tiene por un equipo como el Sporting, poseedor de esas esencias que el Madrid ahora mantiene en barbecho.

Tarde de fiesta

Tarde de Fiesta (14.8.15 - 311)

“Muleta que entretiene / el último tercio / mientras la plaza vibra / tarde de toros, tarde agosto, tarde de fiesta”. Así rezaba la canción que Nicolás Picaza (ex Los Dalton) compuso para el primer Mini LP de Duncan Dhu, el maravilloso “Por tierras escocesas” (1985). Y es que la fiesta taurina es el último espacio donde la belleza puede causar la muerte, como ya le sucedió a Von Aschenbach en “La muerte en Venecia”. Me sorprende que nadie, en los últimos años, firme canciones sobre esta fiesta que, en el fondo, es el triunfo de la vida (humana, eso sí) sobre la muerte. Sólo Joaquín Sabina, Jaime Urrutia o Andrés Calamaro, convertido en caballero andante de la defensa tauromáquica, han empleado temáticas o metáforas procedentes del mundo de los toros. “Media Verónica”, “De purísima y oro” o “Que Dios reparta suerte”, dedicada a Belmonte, son escasas muestras de un ritual que encierra el misterio de la vida y el arte en cada lance. Hay que remontarse a décadas pretéritas para encontrar canciones donde vivan ambiciosos novilleros y ricas ganaderas, el desprecio ante la muerte o el legítimo deseo de escapar del hambre o el anonimato. Joyas como “Con divisa verde y oro”, “Romance de la valentía” o “Quiero ser matador” despliegan de modo magistral las posibilidades narrativas del encuentro entre el diestro y el burel. Salvo honrosas excepciones, esa lírica ha desaparecido. Quizá el motivo se deba a un amor por los animales (mamíferos en concreto) mal entendido. Con esto no digo que el toro no sufra en los diez minutos de lidia, pero dentro de la escala del sufrimiento animal, me parece el útimo. Mucho más terrible: la contaminación del agua, la deforestación y el calentamiento global. El mundo del toro es atacado, en parte, por su asociación con “lo español” y, en especial, por una perversión de la escala de valores que, contaminada por la sociedad del espectáculo, no critica el hecho más dañino sino el más visible. Sin entrar en los derechos humanos, el sufrimiento del toro es una minucia comparado con la vida que llevan pollos o cerdos en ciertas granjas. Pero, ojos que no ven, corazón que no siente. Al margen del terreno ético, si hablamos de estética, personalmente encuentro que cualquier faena de Castella o Morante contiene más poesía, musicalidad, ritmo y riesgo que todo el indie pop y pop-rock grabado en España en los últimos treinta años. Tarde de toros.

A favor de placer

A Favor del Placer (7.8.15 - 310)Uno de los momentos claves de mi vida fue cuando no superé las pruebas de acceso al Conservatorio. Si hubiese entrado, es muy posible que jamás hubiese sido músico. Al menos, de rock. Casi todos mis compañeros que estudiaron ahí apenas tocan, ni siquera para disfrute propio. Y es que la enseñanza del solfeo o de un instrumento, si no está muy bien aplicada, puede llegar a ser un infierno. Materias hermosas en manos de un docente poco dotado para la enseñanza pueden arruinarte la vida. También es cierto que se necesita un alumno receptivo, constante, con ganas de trabajar y que no juegue a la contra. La sociedad y el entorno, además, no facilitan la tarea del aprendizaje. Se enseña a los profesores para saber, pero no para transmitir el conocimiento; son cosas diferentes. Pero, más importante aún que el conocimiento, es inocular la pasión por la asignatura. Del mismo modo que el fútbol infantil se arruina cada vez que un padre cree que tiene a Messi en su casa, la música corre peligro cuando buscas al nuevo niño prodigio. No es necesario que nadie sea el mejor, sino que basta con que lo pruebe, disfrute y, si lo desea, que en un futuro, se concierta en profesional. Es preferible que haya mucha gente tocando bien que unos pocos tocando de maravilla. Mi primer profesor de guitarra no era ningún virtuoso, pero me enseñó muy bien lo básico. La posición de la mano izquierda, la importancia del ritmo, la relación entre los acordes y, en especial, la pasión por las canciones. Como él era monitor de Boy Scouts, no entendía la guitarra como un medio para la exhibición de escalas veloces sino para disfrutar en grupo y reforzar el sentimiento colectivo. Con esa visión de la guitarra, practicabas con mucho fervor y consolidé la pasión por el instrumento. Así que cuando quise perfeccionar con la guitarra eléctrica (con el enorme Rafa Kas) pude crecer progresivamente sobre unos cimientos sólidos gracias a la base que había adquirido con él. La cantidad de horas que se requieren para mejorar en cualquier disciplina son tan grandes que es mejor que, dentro del dolor que, a veces supone, la práctica, disfrutes del proceso. Sin un buen maestro, un catedrático no sirve para nada. Y sin placer, el esfuerzo es inútil.

Sucedió en Newport

Sucedio En Newport (31.7.15 - 309)

¿Qué pasó hace 50 años en el Festival de Newport? Según los cánones oficiales, Bob Dylan cambió el curso de la música saliendo al escenario con una banda y una guitarra eléctrica, no con su guitarra acústica. Las crónicas que se han escrito a lo largo de estas cinco décadas afirman que el público abucheó a Dylan por traicionar la “pureza” del folk representada por la guitarra acústica para abrazar el rock “comercial” simbolizado en la guitarra eléctrica. El canon explicó que Bob quería ser un artista libre y escapar de las rígidas presiones de la escena folk de la que procedía. Un héroe, vamos. Este acontecimiento es narrado en las enciclopedias del rock como si fuese la independencia de las 13 colonias de Inglaterra o la declaración de los derechos humanos. Pero, ¿qué sucedió en realidad? Si uno lee con detenimiento la transcripción de la grabación de ese concierto, las únicas protestas del público están dirigidas al mal sonido y a la brevedad de la actuación, ya que sólo toca tres canciones con banda y hace un bis de dos con la acústica. ¿Por qué, entonces, el relato trascendió de otra manera? Quizás Dylan creyera que le silbaban por su cambio eléctrico y, de hecho, en los siguientes conciertos de esa gira, sí que existen protestas por ese motivo, pero tal vez el público ya estuviese condicionado por los artículos de la prensa sobre su actuación en Newport que le acusaban de vendido. ¿Fue tan importante que se electrificara? Lo fue para su carrera, sin duda, ya que entraba de lleno en el mercado amplio del pop, alejándose de la escena del “folk”. Para la historia del rock, en mi opinión, fue más relevante que los Byrds versioneasen su “Tambourine Man”, convirtiendo una canción fundamentalmente lírica en algo bailable: de lo cerebral a lo corporal ¿Por qué ha pasado el asunto de “Newport” a nuestra mitología del rock como un enfrentamiento cuando no lo fue? Porque responde a nuestras necesidades narrativas y divide la historia en fragmentos diferenciables. También contribuye a la elevación de Dylan al ideal de “artista romántico”. Todo mentira pero, aunque ya se haya demostrado que no ocurrió así, lo seguiremos leyendo durante otro medio siglo. Como se dice en “El hombre que mató a Liberty Valance”: “En el Oeste, cuando la leyenda se convierte en hecho, publicamos la leyenda”.

Elton y Lenny

Elton y Lenny (25.7.15 - 308)

El Sporting de Gijón congrega cada quince días a más de 20.000 personas, mientras que, entre Elton John y Lenny Kravitz, apenas sumaron algo más que la mitad de esa cifra. Eso nos ofrece una idea de dónde residen los intereses mayoritarios. Así que, en efecto, se trató de un dispendio del erario público más que notable. Eso sí, prefiero que el dinero público se lo lleven estos dos artistazos por su trabajo antes que se lo embolsen los listos de las obras del Musel por no hacer nada. Elton John salió a escena con un sonido deficiente y algo frío, pero mantuvo el tipo y poco a poco fue desgranando su inmensa colección de canciones con una dignidad encomiable y muy bien de voz. No resulta fácil basar un repertorio de directo en medios tiempos y baladas, pero jamás cayó en el recurso fácil y la gente, que no es gilipollas, lo notó. Hacia la mitad del concierto, Elton se quedó solo con su piano y alcanzó la cumbre con “The one”, un tema del 92 que terminó por rendirnos a sus pies. A esas alturas, el sonido ya había mejorado mucho y pudimos disfrutar de uno de los mejores repertorios de la música popular contemporánea. Hay que recordar que Elton John, entre 1970 y 1975, publicó nada menos que nueve discos de primerísima calidad, uno de ellos doble, quizá el mejor, “Goodbye, yellow brick road”, del que rescató cinco temas para este concierto. La dotada banda que le acompaña desde sus inicios jamás cayó en el exhibicionismo gratuito y él demostró su formación clásica de Royal Academy of Music y su amor por los maestros del boogie boogie sin aburrir ni un segundo. Lenny Kravitz, en cambio, hizo todo lo contrario. A priori, lo tenía todo a favor para ganarle la partida a Elton: cuenta con éxitos mucho más recientes, es muy buen frontman y sus temas están concebidos para funcionar en grandes recintos. Parecía que íbamos a vivir una noche inolvidable. Y ¿qué pasó? Que, tras un inicio espectacular, a partir de la cuarta canción comenzó a estirar los temas innecesariamente, se entregó al baño de masas y, en apenas doce canciones, ¡se le pasaron las dos horas! Tocó sus éxitos, pero se dejó temazos en la cartera. Pudo arrasar y… arrasó, pero sin dejar huella. Hizo el recorrido inverso que Elton John. Por algo éste es Sir; y es que aún hay clases.

Slash, en España

Slash En España (17.7.15 - 307)

El pasado miércoles salió Slash en Barcelona a descargar su ira rockera entre el ponzoñoso clima de la ciudad condal que no es sólo húmeda sino que cuenta con la vida nocturna más aburrida que han conocido los tiempos. Slash congregó a la vieja guardia rockera, aunque menos vieja de lo que parece, porque los Guns N’ Roses son un clásico eterno que, como Led Zeppelin, AC/DC o los Rolling Stones, suman nuevos seguidores cada año. Además, los dos discos de Slash con Velvet Revolver le han añadido adeptos que no vivieron en primera persona la aparición de Guns N’ Roses, la última gran banda de rock and roll. Fue un gran concierto, sin duda. Sin embargo, el problema de Slash es haber debutado con uno de los mejores discos de la historia cuando formaba parte de Guns N’ Roses. En la actualidad sigue facturando buenos temas, pero alejados de aquella magia irrepetible. Lo que le sucede es que Slash es un guitarrista tremendo y no sería un desatino afirmar que se encuentra entre los 10 mejores de la historia, pero no es un compositor. Crea muy buenos riffs de guitarra, pero un riff, aunque es una parte importante de una canción, no es “la canción”. Así que junta una colección de buenos temas, por supuesto, como “Anastasia”, pero no es suficiente para competir con el legado de su anterior banda.

Está rodeado de unos músicos de primera, con un cantante dotadísimo (Myles Kennedy), pero era inevitable pensar en AXL W. Rose, no tanto por la voz, sino por la sensación de peligro que desprendía su presencia. Slash se dejó la piel, transpiró amor por la música y se encargó de que el fan saliera contento tras pagar la entrada (48 euros, viendo los 100 de Nick Cave, es hasta barato). Pero lo mejor de todo fue el ambiente que se vivió entre el público. No sólo se palpaba la emoción de estar ante un mito viviente sino que notabas un sincero respeto reverencial ante el descendiente más joven de esa estirpe que va desde Jimmy Page hasta Joe Perry pasando por Brian May. Aquí no hay la tontería que se vive en los conciertos de Wilco, o del propio Nick Cave. Nada de miraditas de superioridad, comentarios despectivos y frialdad gestual. Aquí la gente gritó, cantó, sudó y disfrutó en presencia del último héroe de la guitarra.

Un Espectador Sólo

Un Espectador Solo (10.7.15 - 306)

Experiment Ensam (Experimentando Solo) es un proyecto para la televisión sueca que consiste en recoger las reacciones del único espectador de un espectáculo que está pensado para multitudes. Para este experimento han escogido a Bob Dylan para que actúe ante una sola persona. Así que el trovador de Duluth se plantó con su banda en el Instituto de Philadelphia y ofreció un concierto para un único individuo. Este tipo de estudios son muy llamativos y captan fácilmente la atención de unos medios ávidos de noticias con apariencia de “modernas”. Así que a estos experimentos se les disfraza con un leve barniz y con un vocabulario aparente le dan un toque de aparente profundidad, pero al mismo tiempo se procura que sea algo informal que no requiera mucha concentración. Vamos, se genera una noticia que al leerla nos haga sentir inteligentes, o, más inteligentes que el resto, pero sin que nos suponga ningún tipo de esfuerzo. Con eso se consigue un gran efecto publicitario y, de paso, ponen de relieve el elevado grado de estupidez del mundo occidental. El asunto es que, en este caso en concreto, Experiment Ensam demuestra que están muy alejados de la verdadera y cruda realidad del mundo del espectáculo. Creen que actuar para una sola persona es un hecho tan excepcional que merece un estudio serio cuando, sin embargo, se trata de una situación muy corriente que les sucede con frecuencia a demasiados grupos. De verdad, podían haberse ahorrado contratar a Dylan. Claro, que entonces, la repercusión mediática de tan interesante estudio sería nulo.

Hace muchos años, con mi antigua banda (Babylon Chàt), salimos a tocar ante un sólo espectador. He de reconocer que no queríamos hacer ningún estudio, simplemente sucedió así, para digusto de todos, en especial del dueño del bar que nos tenía que pagar. Ocurrió en Gijón, en un local de Fomento, justo antes de año nuevo. Ese mismo día, todo el Xixón Sound participaba en un concierto colectivo y, obviamente, nadie acudió a vernos. ¿Nadie? No, todos menos uno. Nacho Álvarez (entonces bajista de Manta Ray y ahora líder en Cuarteto Bendición) se acerco a vernos y allí, al lado del puerto, nosotros y él nos adelantamos a Bob Dylan y a los lumbreras suecos. Científicos de pacotilla y medios de comunicación: salgan al mundo real. Allí verán las verdaderas reacciones.