La gran verbena

La Gran Verbena (27.5.16 - 352)

Ha pasado Springsteen como un río desbordado por España y su inundación ha dejado secuelas. Por un lado, están quienes lo ven como el Hudson, lleno de vida, y quienes creen que es ya un Danubio de postal. Algunas de las críticas que se le han hecho durante su última gira peninsular fueron porque no interpretó el doble álbum “The River” al completo, como hizo en EE.UU., y por el mal sonido en el Bernabéu. Nada que alegar en esos casos, señoría. Pero, sobre todo, le acusan de no grabar ya discos imponentes y de haber convertido sus conciertos en una especie de fiesta de prao para todos los públicos. Lo primero es cierto, pero es justo reconocer que esas obras magistrales ya las ha grabado y que ha sido el John Ford del estudio. El problema es que la crítica rock continúa guiándose por parámetros pertenecientes al romanticismo y, por tanto, da más valor a la composición (hecho individual) que a la actuación en directo (acto colectivo). Valora, en especial, al “genio” que crea de espaldas al público. Y si lo hace sufriendo o poniendo cara de culo, más. Siguen viviendo con mentalidad artística de hace doscientos años. Bruce ahora quiere ser el Steven Spielberg de los conciertos: máxima calidad para todo el mundo. Se dedica a emocionar a las masas y lo consigue sin ser vulgar ni chabacano en ningún momento. Canta cada frase como si le fuese la vida en ello. Es popular, jamás populista. A sus conciertos, además, acude mucha gente que no sabe nada de rock y, lejos de ser un demérito, le convierte en el más grande.

Por lo que yo sé, el rock and roll y el folk son géneros populares. Es casi el único artista que influye en el estado de ánimo de un gran colectivo. Afecta a ciudades enteras. Es un trovador de estadios que tiene el valor de dar a la gente lo que más necesita: fe, cariño y esperanza. Carga con una responsabilidad enorme. Otros artistas de prestigio (Waits, Young, Cohen o Dylan, por ejemplo) viven en la comodidad que supone hablar para uno mismo y un grupo de acólitos en un lenguaje codificado. Es algo muy similar a lo que sucede en las ferias de arte moderno. Lo que hace Bruce en directo es muy complejo, ya que descifra los recovecos del ser humano en el torrente de la música americana para miles de personas. Y de forma emocional y divertida. No sacia su vanidad en las loas de los críticos, sino que directamente cambia la vida de la gente. Puede que Bruce se haya convertido en un superhéroe de la Marvel, pero es un superhéroe necesario.

Amy

Amy (13.5.16 - 350)

Músicos, periodistas y amigos adictos a la música me preguntaban a todas horas: “¿Has visto el documental sobre Amy Winehouse?” Y yo respondía que no, que con tres hijos pequeños es casi imposible ver nada. Y ellos añadían: “tienes que verlo. Es impresionante”. La crítica lo describía como estremecedor, vibrante o desgarrador y encima había ganado un Oscar a mejor documental Por fin lo he visto y, en efecto, es impresionante, tanto que roza lo carroñera. En principio, el susodicho documental trata de adentrarnos en la faceta íntima de la cantante británica y describir las presiones a las que estaba sometida con el fin último de echarle culpas a alguien de su prematura muerte. En el banquillo de los acusados morales, sientan a su padre, su agencia de management, un zoquete que se echa como novio y a los paparazzis. Ella, por supuesto, es presentada bajo el arquetipo de muñeca rota donde parece que la voz sólo la tenía para cantar. El caso es que aunque su padre es reflejado como una pésima persona, Amy  lo tuvo como agente personal y aparece a su lado bastantes veces. Su agencia de management llevaba más de tres años sin organizarle una gira mundial debido a su delicado estado, algo que no encaja en la idea de unos desalmados explotadores. Además, un novio o novia tonto todos hemos tenido, y también lo hemos sido.

El documental hace exactamente lo mismo que los paparazzis, pero con coartada cultural. Se trata de puro cotilleo, intentando que el espectador no se sienta culpable de ser un cotilla. Aunque parece que el documental es una crítica a ciertos medios de comunicación, en el fondo, lo que hace es perpetuar lo mismo que dice criticar. Realza el sensacionalismo y en ningún momento se cuenta cómo ensayaba o cual era la relación con sus músicos. El enfoque sobre su vida privada es absolutamente sesgado, intentando despertar la compasión ilimitada. Y de la misma forma que hacían los medios tradicionales, la música queda relegada a un segundo plano. Eso sí, nos ponen la grabación con Tony Bennett donde sale Amy emocionada y un poco fuera de control. Como si fuese incapaz de dominar ninguna situación. Y así todo. Este documental añade más sal a la herida abierta por la prensa rosa y contribuye a que la memoria de Amy Winehouse se aleje de lo único que debería importarnos: su música

Scenius

Scenius (6.5.16 - 349)

El genio. Ese hombre irrepetible que tiene línea directa con el Ser Superior y crea una obra única  por sus santos cojones. Porque él lo vale. Nos gusta demasiado la palabra genio, pero es un término poco acertado puesto que, incluso las personas con más talento se forman o surgen dentro de un complejo ecosistema. Frente al término “genius”, Brian Eno acuñó el de “scenius” que es más preciso para poner de relieve la importancia de una buena escena local, por ejemplo. En contextos favorables, la gente con grandes habilidades alcanzan cotas elevadas y los más normales sacan lo mejor de sí mismos. Por ejemplo, los Ramones sin el espacio para ensayar de su amigo Arturo Vega (que también les diseñó el logo), o el escenario del CBGB es dudoso que hubiesen llegado a entrar en un estudio de grabación. O los mismísimos Beatles. A principios de los sesenta, en Liverpool había más de trescientas bandas. Eso quiere decir que se había creado un tejido de actuaciones (con The Cavern como epicentro), había público o un mercado de instrumentos. Incluso las tiendas NEMS con su futuro mánager Brian Epstein de gerente, tuvieron gran importancia. Un ejemplo cercano está en Gijón.

Para que, en la década de los noventa, surgiera y cuajase el “Xixón Sound” de fueron claves algunos programas de Radio Kras y los locales de ensayo de la Coría. Y, por supuesto, el estudio de Paco Loco, siempre comprensivo en el cobro y poco altivo en los precios, además de cercano en el concepto sonoro de los músicos. O el difunto Carlos Redondo, también de los Locos, que grabó y enseñó a tocar a muchos en el Taller de Músicos de Gijón (un oasis poco habitual en el resto de España). Incluso el hecho de que se crease una etiqueta que englobase a todas la bandas o un lema (“Córtate el pelo, cambia de vida”) dió más fuerza a los grupos que eran buenos o más comerciales y empujó a los demás. Un bar para descubrir música como La Plaza también tuvo su influencia. Gracias a todos esos factores, pudieron aprender, mejorar, semiprofesionalizarse y entrar en la historia de la música nacional. Sin ese ambiente propicio, no hubiesen surgido dos bandas formadas únicamente por mujeres y que son de lo mejor de esa década, se trata de un caso único en España. Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. O a la compañera.

Adictos al escenario

Adictos Al Escenario (29.4.16 - 348)Terminar una gira es como detener de repente un camión que va a toda velocidad. El efecto de la inercia (es decir, la propiedad de los cuerpos de resistirse al cambio de movimiento) hace que después de haber pisado el freno, si no llevas el cinturón de seguridad puesto, puedas estrellarte contra el cristal. El problema es que ese supuesto cinturón de seguridad (los amigos, la familia…) se vuelve más endeble según avanza una gira. Y por eso, si no te has bajado a tiempo, ya no quieres pisar el freno porque así evitas chocar con el cristal de la vida cotidiana. ¿Cómo recuperar la tremenda inyección de adrenalina que supone estar en un escenario cada noche? ¿Cómo cambiar el estímulo del aplauso por hacer compra, poner la lavadora o llevar a los hijos al colegio? Hay muchísimos músicos, más de los que parece, que han abandonado las giras porque no pueden soportar la desconexión con su entorno familiar y también porque la depresión postconcierto les pasa factura. Sobre todo, hablamos de músicos de países tan grandes como EE.UU. o de aquellos que giran por el mundo entero y que pasan muchos meses fuera de casa. Pero quienes siguen inmersos en esa vida nómada, ya no pueden detenerse. Llevan tanto tiempo viviendo de esa forma que es casi imposible detenerse.

Muchos de esos músicos, llevan desde que eran muy jóvenes, compartiendo escenario, habitación de hotel y autobús con unos compañeros que son su familia sustituta. Esos compañeros suelen ser los únicos que comorenden unos problemas muy concretos y difíciles de explicar a quién no esté en la carretera. Y es que, pese a la monotonía de los desplazamientos, una gira está llena de estímulos, novedades y sorpresas constantes. Para estos músicos volver a su vida sedentaria les supone un serio problema. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos no han visto nacer a sus hijos, se han perdido el día de su graduación simplemente no han podido. De ahí que algunos se embarquen en giras eternas como hacen Bob Dylan o Slash. Otros lo necesitan realmente para vivir ya que los ingresos por ventas de discos y derechos de autor se han reducidos como le pasa a Chris Isaak y cientos de bandas casi desconocidas. La vida en gira es una larga carretera y si no te bajas en el primer área de servicio, después ya es casi imposible frenar.