El Sporting regaló el partido

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 1 – Real Oviedo 1
(El Molinón, Gijón – 9.9.17)

Qué extraños momentos ha vivido el fútbol asturiano en los últimos veinte años. No me gusta jugar a la creación de metáforas fútbol-sociales, pero es innegable que la ubicación de los equipos en las distintas divisiones y posiciones es un buen barómetro para testar la situación económica y social. No hay más que mirar los cuatro equipos que tiene el País Vasco (dos millones de habitantes) en Primera División. Ya, ya sabemos que es una Comunidad que ha hecho las cosas muy bien. Quizá sea el único ejemplo modélico de reconversión industrial en España. Y ahí están: Real Sociedad, Athlétic de Bilbao, Eibar y Alavés. ¿Y qué sucedió en Asturias mientras tanto? Una reconversión pésima, un uso delirante de los fondos europeos que han dado lugar a una región empobrecida y sin visión de futuro. No hace falta mirar los indicadores económicos, sirve con ver los singulares recorridos del Oviedo y el Sporting por los campos de fútbol. El Oviedo, un clásico de Primera, se vio envuelto en un durísimo peregrinaje por Tercera División, la oposición de un alcalde de la escuela Gil y Gil que no comprendió el patrimonio que tenía en el equipo de la ciudad. Al final, fue salvado por unos cuantos héroes que pusieron todo su esfuerzo en conseguir dinero para la salvación del alma azul. El asunto del Sporting es aún más cruel. Dos finales de Copa del Rey, Europa como viaje habitual y, de pronto, la Segunda. Y luego, la Primera, y otra vez la Segunda. Y con la afición más intensa y numerosa en términos relativos de España. El fútbol asturiano es una metáfora perfecta de lo que es Asturias: talento malgastado. Siempre viene bien recordar ese glorioso diálogo de “Historias del Bronx”: “Recuerda, no hay cosa más triste en la vida que el talento malgastado. Ya puedes tener todo el talento del mundo que, si no haces lo que debes, no conseguirás nada, pero si haces lo que debes, seguro que te ocurren cosas buenas”. Y así estamos. Dos equipos de peso que se reencontraron en Segunda tras demasiados años. Como viejos vecinos, se saludaron y se miraron con respeto. Había cierto temor pero, en el fondo, ambos sentían cierto alivio. La crisis ha sido tan grande para todo el mundo que nadie puede disimular que ha sufrido. Así que, tras recuperar el trabajo en la industria del fútbol, los dos sentían alivio. Pero, claro, región pequeña, infierno grande. Y la presión les pudo. Ninguno jugó relajado y la afición, que siente estos partidos como ningún otro (aunque puntúan como el resto de partidos, no más), transmitió a los jugadores una tensión que no les refleja. En mi opinión, el Sporting regaló el partido. Es superior al Oviedo, que jugó muy bien la baza de la intensidad y es un equipo muy bien trabajado. Los cambios -esta vez- no estuvieron acertados y hubo cierta relajación, quizá buscando el contragolpe que pagaron con dos puntos. Hay que reconocer que el Sporting no jugó bien sus cartas y el Oviedo sí. Creo que todo el ambientazo de El Molinón, al Sporting le pasó factura; en vez de ayudarles, les agarrotó. Al menos,en la segunda parte, que les pudo el miedo a ganar. Yo, afortunadamente, no estaba en Gijón. Tengo demasiados amigos de Oviedo (y del Oviedo) como para poder disfrutar de algo así. Estaba en Razo (A Coruña), en el Raz Camp de Surf, disfrutando de olas que me ahogaban como al Sporting ayer y preparando en concierto íntimo para mi actuación en Oviedo del próximo lunes. Los Sporting-Oviedo son como una borrachera: se viven de forma intensa, pero dejan una resaca duradera e inútil.

El reencuentro de un equipo

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Nastic 0 – Sporting 4 (Nou Stadi, Tarragona – 2.9.17)

El viernes habíamos tocado en Palencia. Y el sábado, otra vez en la carretera en dirección Villarreal. Campos de cultivo, en barbecho, castillos, viñedos, pueblos casi abandonados, tierras de arcilla roja, carreteras interminables y, por fin, el Mediterráneo a la vista. No es Villarreal una ciudad especialmente hermosa, pero parte de su éxito en Champions League se debió a eso. Los rivales llegaban a Villarreal, veían a los abuelos jugando al dominó, las casas bajas y, claro, se confiaban. Había que ver las caras de soberbia del Inter de Milán cuando llegaron a ese lugar de apenas 50.000 habitantes cuyas fábricas podían producir, en los años de la burbuja inmobiliaria, casi 40 kilómetros de cerámica diarios. Luego llegó la crisis, pero su equipo sigue en Primera. Antes de la prueba de sonido ví el partido en el hotel. Hace treinta años, el Sporting era capaz de endosarle un 0-4 al Barcelona en el Nou Camp jugando al contraataque. Pero los tiempos han cambiado mucho y hoy no sabe nada mal otro 0-4 al Nastic en su casa. Era un equipo con bajas y ganas de hacer regalos. Nadie duda de que la suerte – siempre tan esquiva – se puso del lado asturiano muy pronto, pero sería injusto quitarle méritos al Sporting, pese a ciertos despistes a lo largo del partido. Hacía mucho tiempo, tal vez demasiado, que no se veía a los rojiblancos tan cómodos en un terreno de juego. Por una vez, saltar al césped no fue una pesadilla repleta de sudores infernales y temblores terroríficos. No, por fin vimos a un equipo disfrutar, gustarse, amar el balón y demostrar su técnica. Era como ver a unos jugadores reencontrarse consigo mismos y enamorarse de un de deporte que ya tiene muy poco de juego. Así, sentimos otra vez latir el corazón con cada pase, les vimos ubicarse bien en el espacio, ocupar el lugar que les corresponde, presionar, robar balones, ser rápidos, audaces y solidarios entre ellos. Creo que esto último es fundamental: desconozco las interioridades del vestuario, pero la impresión que transmite esta plantilla (al menos, la titular) es que no hay veneno entre ellos. Los egos se han puesto a trabajar para el conjunto creando una tela de araña en la que cayó el Nastic, a veces por conducta temeraria y, otras, por el buen trabajo de caza del Sporting. Por ejemplo, Carmona parece otro jugador, se le nota hasta en la expresión de su rostro. Ejerce de líder silencioso asumiendo su condición, talentoso y veterano, comprometido con un proyecto. Al no estar tan pegado a la banda y jugar de interior, despliega más sus virtudes. Sus pases filtrados entre rivales comienzan a ser una delicia exquisita para animar paladares golosos. Ha sido su partido más lucido. También comienzan a confirmarse algunas sospechas. Por ejemplo, que Mariño es muy seguro, que es un guardameta rápido y sólido. Quizá no atrapa todos los balones que le llegan, pero hay que reconocer que transmite una seguridad que contagia a todo el equipo. Los dos centrales son una prolongación de esa muralla que es Mariño y, además, mueven bien el balón. Hay una plasticidad añadida en sus gestos que les confiere un toque de almirantes, de buenos gobernadores de su área. Pero las buenas noticias no se terminan en la defensa. El medio del campo ha recobrado vida. Ya la responsabilidad no recae sobre un único jugador, sino que hay distintas variantes que ofrecen distintas opciones. Me gusta ver que no se depende del cerebro de una persona, sino que el equipo se mueve acompasado, sin saber dónde reside el motor de su movimiento.

Uruguay, ejemplo para el Sporting

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 2 – Lugo 0 (El Molinón, Gijón – 27.8.17)

Me perdí el debut del Sporting en El Molinón. Tocaba en el Castillo de Monclova, cerca de Fuentes de Andalucía. No lejos de ahí está la Luisiana, uno de esos poblados de nueva planta que creó Carlos III para repoblar la zona sur que estaba acosada por el constante bandolerismo. Para ello, se trajeron a seis mil colonos de la zona germana de Baviera que no siempre fueron bien recibidos por la población local. Un poco como cuando los clubes españoles comenzaron a fichar extranjeros.

Me hubiera gustado muchísimo estar en El Molinón porque tiene un espíritu especial. Es una delicia escuchar cómo desciende desde la grada a la hierba un rugido de admiración, un comentario burlón sobre una jugada o el aplauso a un rival que se ha ganado los galones a lo largo de toda una carrera. Adoro el domingo de fútbol en Gijón por cómo se engalanan de rojiblanco las casas y los bares. Hay una clave indescifrable en el tejido social que convierte a su afición en una especie aparte. Es obligatorio reconocer su entrega infinita y que lleva dos décadas dando mucho más de lo que recibe.

Toda la primera parte indicaba que asistiríamos de nuevo al eterno retorno pero, como novedad, los cambios realizados por el entrenador sirvieron de algo. Hacía siglos que no veía al Sporting mejorar tras un cambio de jugador o de sistema. El Lugo, como siempre, no fue ninguna pera en dulce. Mantiene el gusto por fútbol combinativo y, aunque su ataque se ha visto mermado por la pérdida de Caballero y Juanlu, les gusta tocar y lanzarse a la portería contraria. No sé cómo lo consiguen, pero siempre tienen jugadores interesantes. Por ejemplo, tienen a Iriome, que a veces se desconecta pero es capaz de decidir un partido, o el gran lateral camerunés Leuko, que podría ser clave para dar el definitivo salto a Primera. Tienen su faro en el medio del campo en Fede Vico. Aún les queda afianzarse y mecanizar automatismos, pero el Lugo siempre es garantía de buen fútbol. Hay algo que me resulta muy grato y es ver a chavales en Gijón con la camiseta del Lugo, en vez de las sempiternas remeras blancas o blaugranas que han colonizado las mentes (y los bolsillos) de toda la juventud. ¿Toda? No, en la villa de Gijón aún se puede ver otro tipo de simpatía en agradecimiento a aquel gol de Caballero. Ese que evitó al Sporting acudir a la tortura de los play offs y le dio el ascenso directo. Si no llega a ser por ese ascenso, es muy posible que el Sporting hubiera desaparecido o estuviera ahora jugando en Tercera. Amor eterno.

El ADN del Sporting

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Alcorcón 0 – Sporting 0
(Santo Domingo, Alcorcón – 19.8.17)

El gran Sporting del ascenso y de la permanencia se diluyó la temporada pasada como un azucarillo. De pronto, jugadores que prometían, dejaron de ser promesas, jugadores que jugaban dejaron de jugar, y los que se fueron, dejaron de ser titulares en otros equipos. Y aquella vieja unión de vestuario dio muestras de agitamiento y mostró fracturas, como si el alma comunal se hubiera roto. Ya nada volvió a ser lo mismo y un veneno mortal se instaló en el equipo, fulminando todas sus ilusiones. Sólo el oxígeno aportado por la afición dieron vida al Sporting en un año terrible. El tiempo de los héroes en el Olimpo del fútbol parece que sólo queda reservado al Eibar y el Leganés. El Sporting tiene que volver a escribir sus páginas esforzándose en la caligrafía, porque lleva mucho tiempo manchando su libro de oro con la tinta del desatino.

El inicio del campeonato me cogió por sorpresa. Nada más terminar la temporada, me olvidé del fútbol y, excepto el Europeo femenino, me desconecté por completo. No quise saber nada de los millones, los fichajes, los amistosos de pretemporada, la súpercopa en cualquiera de sus modalidades y demás noticias de verano que tienen más que ver con la sección de sociedad que con la de deportes. Además, inmerso en un verano intensísimo de gira, concierto tras concierto, mi tiempo mental dedicaba el fútbol sólo algunas lecturas sobre deporte, ideales para largos viajes. Sin demasiada ilusión, pero sin escepticismo, es decir, sin expectativas de ningún tipo, afronté el primer partido de esta nueva etapa que, de tan repetida, ya no tiene nada de novedosa. La máquina de sueños rojiblanca se ha vuelto una fábrica de pesadillas y, si uno quiere conservar la cordura y la estabilidad emocional, debe acercarse al Sporting con un chaleco antibalas en el corazón.

En Santo Domingo ya se han visto algunas cosas, buenas y malas. El equipo aún no funciona como una máquina, algo lógico a estas alturas, pero cae en el mismo error que en temporadas pasadas: el exagerado número de imprecisiones en el pase. Da igual quien juegue, parece que va en el ADN del Sporting pasar mal el balón. Entre las buenas noticias: el guardameta y los dos centrales. A partir de esos pilares se puede construir un equipo. Los cimientos fundamentales están preparados, ahora falta hacer el resto del edificio. Otra buena noticia es el regreso de Stefan, el hijo pródigo. Siempre pensé que triunfaría en un equipo medio de Primera División porque tiene condiciones de sobra, pero el fútbol es cruel y el éxito depende de muchísimos factores que no siempre dependen de uno mismo. Volvió a demostrar su talento, la inteligencia en sus movimientos y, además, añadió trabajo. Si estaba demasiado aislado no era culpa suya. Stefan no entendió su cambio en el minuto 60 y yo tampoco. Espero que no comencemos de nuevo con los cambios incomprensibles: con Rubi ya tuvimos bastantes. Pero quedan varios interrogantes. El primero es Lora, que, igual que sucede con Kevin en la Real Sociedad, convierte su zona en un coladero. La temporada pasada, los laterales fueron como las Ardenas para los alemanes en la Segunda Guerra Mundial: un paseo por el que se perdió todo lo ganado en otros frentes. Pero también es cierto que el año anterior, Canella comenzó fuera de forma, casi en modo ex futbolista y, poco a poco, se fue entonando hasta alcanzar un nivel muy aceptable. Lo mismo sucede con otros jugadores que aún tienen que encajarse como piezas en un puzzle. De momento, dudas, esperanzas y, sobre todo, anestesia emocional por si acaso nos lo quieren volver a romper.

El gallo

Pues si, mucha risa con Manel Navarro en Eurovisión, que si cero puntos, que si vaya ridículo que ha hecho España con su último puesto -que al final, es lo que preocupa-, pero al final, hay un artista con su carrera al borde del barranco y un dineral público tirado a la basura. Aunque no se sabe con exactitud el gasto total, se conoce el canon que TVE paga a Eurovisión (unos 350.000 euros). No es mala inversion para un artista que, en última instancia, fue escogido por un miembro del del jurado que, además, es locutor de una importantísima radio y llevaba semanas promocionamdo a Manel en sus ondas. A eso se llama diaparar con pólvora ajena. Manel no fue escogido por el público español para ir a Eurovision. Hasta el doble de personas votaron a otra artista antes que a Manel. Pero el peso del jurado en la decisión final era enorme, un cincuenta por ciento y, además, tenían la llave en caso empate, como así fue. Es decir, las sospechas de tongo sobrevolaron su elección y levantó muchas ampollas en un país muy castigado por el enchufismo. Sobre todo, porque es dinero de todos. Pero, ademas, ¿Es bueno que a un artista, apenas formado se le envíe a luchar en Europa con una canción tan floja?

Por un lado, está claro que la publicidad que obtiene es enorme, pero el asunto es que si fracasa -como así fue- el único que va a pagar un precio es él. Es decir, sólo Manu va a perder prestigio o posibilidades de desarrollar una carrera larga; el resto del personal va a seguir exactamente igual que estaba. Así, el jurado, el presentador, el manager, su discográfica o el famoso locutor continuarán en sus puestos. Ahora, a toro pasado, la culpa del último puesto es exclusivamente de él, de un inoportuno gallo o de que la canción la hubiera compuesto cuando tenía quince años. Si sale bien, ganan todos, si sale mal, es el artista quien se expone. Nadie asume su responsabilidad en el desastre. En la retaguardia no hace tanto frío como en Kiev. Al menos, parece que el chaval se lo toma humor y su carrera incluso podría hasta beneficiarse de esta polémica. Pero si se hubiese partido de una base más sólida y se hubiera enviado a una artista más hecha como Maika o la asturiana Paula Rojo, otro gallo hubiera cantado.

Concierto contigo

¿Alguien ha oído hablar del “Efecto Phil Collins”? Es una expresión que se emplea para explicar que, cada vez que se programa música en televisión, las audiencias bajan ligeramente. Por lo visto, el popular cantante británico estaba haciendo una entrevista de promoción y, cuando interpretó un tema suyo, los espectadores disminuyeron. Jamás he podido he podido comprobar en qué programa sucedió eso ni de qué canción de Phil Collins se trataba. Es decir, puede que sea una leyenda urbana. Sea cierto o no, parece que hay un verdadero pánico en televisión a emitir programas musicales. Sólo hay dos casos en los que la música cuenta con total confianza de los directivos de las televisiones. Uno es cuando el programa tiene que ver con la nostalgia, como en Cachitos de Hierro y Cromo, que las canciones nos recuerdan a esos años en los que éramos jóvenes y sentíamos que aún estábamos descubriendo y devorando la vida. Digamos que es el “Cuéntame” de la música. El otro caso es cuando se trata de un concurso. Por ejemplo, “Operación Triunfo” o “La voz”, que son formatos relacionados con “Gran Hermano” o “Master Chef”. Ahí, lo primordial no es la música, sino la relación entre los participantes y la disputa entre ellos. Se parece más a un partido de fútbol que a una experiencia musical. Así que, mientras aún está por dilucidar si el “Efecto Phil Collins” es real o no, en la TPA, los domingos a las 23.00, se emite “Concierto Contigo”. Es un ciclo de conciertos de bandas asturianas ambientado en distintos bares de Asturias. Estos son “Ca’ Beleño” y “La Salvaje”, de Oviedo, y “Santa Cecilia”, de Avilés. El sonido y la imagen son excelentes y está hecho con cariño y máxima profesionalidad. Además, tiene una característica que lo hace único: las bandas actúan en círculo, mirándose entre sí, para que el espectador tenga la impresión de que está dentro del escenario en vez de enfrente; digamos que la banda está a caballo entre un concierto y un ensayo. Gracias a eso se establece una mayor complicidad con la persona que lo está viendo en su casa. Las bandas participantes son Stormy Mondays, Alberto y García, Hector Braga, Alexandra In Grey y yo mismo. Espero que la audiencia sea buena y que el programa tenga gran continuidad para mostrar, de una forma original, el trabajo musical que se hace en Asturias.

Cuatrocientos

No me lo puedo creer, pero ya llevo 400 artículos escritos para El Comercio en Rugidos de Gato. Comencé a escribir aquí el mismo año que murió Michael Jackson. Pasa el tiempo y Michael Jackson sigue siendo noticia: genera más dinero muerto que vivo. Ese mismo año, además, Ricky Martin salió del armario; pasa el tiempo y ningún futbolista lo ha hecho. 400 artículos dan para mucho, pero aún no han sido suficientes para lograr comprender y descifrar algo de este mundo apasionante y enigmático que es la música. Así que todavía trato de arrojar algo de luz sobre artistas que me gustan y creo que merecen una escucha u otros que, quizá instalados en pedestales desde hace mucho, haya que oírlos de forma distinta y verles los pies de barro. Pero lo que más me apasiona no es fijarme tanto en los artistas, sino en nuestra forma de relacionarnos con ellos, en la manera de escucharlos y apreciarlos. Porque la clave de la música no está en el músico sino en nosotros, en cómo sentimos y escuchamos esas canciones. Por ejemplo, la razón de que una canción signifique cosas distintas para varias personas, dice casi más del oyente que del cantante. A lo largo de estos 400 también he escrito mucho sobre cómo se nos vende la música, sobre su envoltorio. Por eso han sido temáticas muy variadas, como el tratamiento que se le da a la música negra en la radio del Reino Unido, o por qué surgió el estilo musical Turbo-Folk en Serbia, o las razones que llevaron a un músico a componer un Adagio y atribuírselo a un músico fallecido hace siglos (Albinoni). No suelo comentar apenas conciertos, aunque escribí alguna vez sobre alguna ópera ya que, como no soy especialista, creo que ofrecía un punto de vista distinto. Sí que he tratado, en cambio, de informar sobre películas o documentales musicales. Disfruté muchísimo escribiendo una serie de artículos hablando de los aspectos menos visibles de la gira del año pasado con Loquillo. Fue una manera de poner en valor a todos los que trabajan en el menudo del espectáculo y no se ven. Y también hubo tiempo para confirmar, no sólo la vigencia de Tino Casal, sino el nacimiento de una nueva estrella en Asturias, Rodrigo Cuevas, que va muy en consonancia con la filosofía de esta columna: maullido local, pero rugido global.

El móvil y el gramófono

Adoro la adolescencia. Sobre todo la ajena. El asunto es que cambian mil cosas, la tecnología, pero el ser humano es muy parecido al que era ya en el neolítico. A partir de la II Guerra Mundial en la que aparece la figura del “teenager” (en inglés, edad comprendida entre los 13 y los 19 años), el adolescente se sociabiliza a través de una música propia, hecha para ese segmento concreto. Me encanta ver a pandillas de cuatro ó cinco adolescentes escuchando canciones alrededor de un móvil. La escucha colectiva que sigue teniendo un poder aglutinador muy poderoso y cada generación la hace a su manera. Muchos músicos de mi edad se ríen de quienes escuchan música por un móvil por ese motivo: “Oh, escuchan las canciones en un móvil, con lo mal que suena”. Y es que, claro, uno se encierra a grabar en un buen estudio para conseguir la mejor calidad sonora y se encuentra con que a la juventud no le importa tanto el sonido. De lo que no nos damos cuenta es de que escuchar música a través de un móvil es muy similar a escucharla en un gramófono. Suenan muy parecido, casi sin graves, con muchos agudos, casi dolorosos si uno no está acostumbrado. Así que esta supuesta escucha de máxima calidad sólo ha sucedido en un periodo muy corto de la historia.

Dudo mucho que las orquestas de la época de Beethoven tocasen como las de ahora. Y no me quiero imaginar cómo afinaban las orquestas y los coros de provincias del XIX (tan bien descritas en “El hijo único” de Leopoldo Alas “Clarín”). Es posible que fuese algo semejante al horror. Cue do pienso en The Carter Family, el grupo funadacional del country que grabaron sus canciones en 1927, me pregunto “¿Cómo se escuchaban esas canciones?” Pues a través de gramófonos o de radios con un sonido que no es tan distinto del que pueda tener un móvil a todo volumen. Lo curioso en la historia es que lo antiguo y lo moderno se tocan, porque el ser humano es exactamente el mismo ser necesitado de sonido y cariño grupal que hace cinco mil años. Este sábado tocan en la sala Acupulco, Dead  Bronco, una excelente banda de Santander que beben, entre otras muchas fuentes, del country creado por The Carter Family. ¿Cómo sonarían a través de un gramófono?

A golpe de improvisación

Sporting – Espanyol
(El Molinón, Gijón – 25.4.17)

Como una tarde de martes nublado, húmedo y desabrido fue este empate. Un gol gélido del Espanyol dejaba un silencio desesperado de ultratumba. El Molinón acogió la enésima final de esta temporada y, como un pájaro de un mal agüero, sonaba Phil Collins por la mejorada megafonía del estadio antes del partido. Por suerte, hubo un guiño local y pusieron “Chup Chup”, de Australian Blonde, grupo de reconocida filiación esportinguista. En apariencia no venía el Espanyol con una alineación de saldo, sino a perseguir el Dorado europeo, que no es imposible y menos bajo los mandos de uno de los caballeros de los banquillos: Quique Sánchez Flores. Pero el Espanyol pareció jugar a medio gas, sin forzar la maquinaria, como dando por buena una temporada magnífica de un equipo bien cuajado y que en un futuro cercano puede aspirar a grandes metas. Es posible que tuvieran la mente puesta en el próximo partido contra el FC Barcelona, reto que esperan cada temporada como agua de mayo. Para mí, el Espanyol tiene mucho encanto, quizá es por esos recuerdos de los 80 y el aroma a fútbol de antes que desprende incluso su nombre. También es que nuestro guitarrista, Mario Cobo, y Vero Boquete, capitana de la selección española, son pericos irredentos y eso ayuda a mi simpatía. Barcelona no es una ciudad que reparta sus aficiones futboleras casi al 50%, como sucede en la capital española entre el Madrid y el Atlético. La ciudad condal es casi por completo culé y ser aficionado del Espanyol tiene un poco de militancia de resistencia. También ser del Sporting tiene mucho de resistencia, pero no de la que se atrinchera tras una barricada, sino de la que se agarra con una sola mano al borde de un precipicio.

Colgado de un acantilado, se aferra a la Primera División y contempla el desastre desde arriba, casi sin fuerzas, herido y desesperado, defendiéndose de su propio desorden. El Sporting es un caos, no juega de memoria y las ocasiones se generan a base de cierta improvisación, ataques espontáneos de pundonor y unas pocas gotas de talento individual. Se generan ocasiones, pero no demasiado claras; parece que una vez que están cerca de la portería rival no tienen un mapa para poner la bandera del gol. El Espanyol llegó mucho menos a la portería de Cuéllar, pero sus disparos se fueron desviados por muy poco. En el descanso sonó “Livin’ on a Prayer”, de Bon Jovi, un temazo que habla de Tommy y Ginal, una pareja de clase obrera que lucha duro y con fe para salir adelante. Pero el trabajo no lo es todo. Ya pueden decir todos los jugadores y entrenadores del mundo en las ruedas de prensa que “hay que seguir trabajando”, que no es del todo cierto. Hay que trabajar más, por supuesto, pero sobre todo hay que trabajar mejor. En el mundo del rock, las bandas que ensayan mucho no necesariamente son las que mejor suenan. Hay otras que saben lo que quieren, toman nota de sus virtudes así como de sus limitaciones, y trabajan según esos parámetros con un enfoque claro. Poco se va viendo eso a lo largo de la temporada. Cuando terminó el partido, la lluvia cayó con más fuerza que nunca, pero sin que las nubes pusieran mucho interés en ello. El estadio vacío transmitía su pena y las escaleras de El Molinón, con las bolsas de basura negra amontonadas, invitaban a la tristeza. Afuera, los coches de policía emitían sus luces intermitentes y parecía que habíamos regresado de nuevo al invierno. Quedaba como único consuelo el olor de los eucaliptos que susurraba que este empate tal vez termine pareciendo una victoria.

Ejercer la autoridad

Osasuna – Sporting (El Sadar, Pamplona – 23.4.17)

Donde manda capitán no manda marinero. Eso habría que recordárselo a Rubi, que deja decisiones clave en mano de los futbolistas como, por ejemplo, el lanzamiento de faltas y penaltis. El modo asambleario entre los jugadores en este Sporting no ha funcionado. Aunque la democracia tiene sus ventajas, también presenta sus inconvenientes, ya que el candidato que sale elegido no siempre es el mejor preparado, sino el que maneja mejor los resortes de la comunicación o tiene más deseos de poder. Hemos de recordar que, en el Nuevo Testamento, cuando Poncio Pilatos deja a los judíos escoger entre Jesús y Barrabás para liberar a uno de ellos, como era costumbre en Pascua, éstos sueltan a Barrabás, un delincuente común. Los jefes están para algo. Y más cuando hay jugadores que no tienen desarrollado el sentido colectivo y están más pendientes de brillar personalmente, pensando en su próximo contrato, que en el Sporting. Que Burgui y Douglas tiren faltas cuando Cop lleva dos goles en esta suerte, es un lujo que el Sporting no se puede permitir. Douglas y Burgui, que se pasaron todo el partido haciendo la guerra por su cuenta, deberían ser conscientes de los puntos fuertes de un compañero; y si no son capaces de mirar por encima de su propio ego, es el entrenador quien debe mostrárselo. La autogestión funciona en caso de grupos con gran capacidad para ceder y ser generosos, y no parece que sea el caso de demasiados futbolistas. También Rubi estuvo, como casi siempre, lento y no demasiado certero en los cambios. Y muchos jugadores estuvieron por debajo de su nivel, el medio campo sigue sin existir y con dos delanteros fue cuando, por fin, se hizo gol.

Justo es reconocer que el gol había llegado antes (con Burgui) y pudo convertir otro penalti que le hicieron. La actuación arbitral fue una muesca más para la vergüenza de unos pseudoprofesionales con silbato y espuma que jamás pagan por sus errores, a los que no se puede criticar y que se conducen con una prepotencia que raya en la mala educación. Cada vez que leo un artículo de alguien que se manifiesta en contra de la introducción del WAR, siento que se da un apoyo implícito a los malos arbitrajes. Esa vieja guardia, inmovilista, legitima los errores y hace creer que son parte del fútbol, cuando muchos fallos -y decisivos- son evitables. Estas gentes argumentan que la ayuda a los árbitros terminará con la esencia del fútbol, pero eso es como decir que se está en contra de las pruebas de ADN porque se perdería la esencia de la justicia tradicional. Es urgente acabar con una serie de anomalías que alteran la competición. Pensemos que algunos equipos ganan ligas o descienden por un punto o dos que, en general, proceden de un penalti bien o mal señalado. También se afirma que, a lo largo de una Liga, los árbitros dan y quitan puntos, pero los colegiados no tienen que dar ni quitar, sino ayudarse de todos los recursos disponibles para que el resultado sea lo más justo posible. Ya es el fútbol un deporte bastante injusto como para añadirle elementos arbitrales que lo adulteren. Al  margen de los errores grandes, Gil Manzano desquició al Sporting como una gota china: poco a poco y durante mucho tiempo. Uno de los motivos más poderosos para no bajar a Segunda es que el nivel de los trencillas es aún peor. Lo puede confirmar el Real Oviedo, sometido también a desquiciantes arbitrajes. Aún queda tiempo y el arreón final confirma que aún hay marineros. Que se sume el Capitán.