A golpe de improvisación

Sporting – Espanyol
(El Molinón, Gijón – 25.4.17)

Como una tarde de martes nublado, húmedo y desabrido fue este empate. Un gol gélido del Espanyol dejaba un silencio desesperado de ultratumba. El Molinón acogió la enésima final de esta temporada y, como un pájaro de un mal agüero, sonaba Phil Collins por la mejorada megafonía del estadio antes del partido. Por suerte, hubo un guiño local y pusieron “Chup Chup”, de Australian Blonde, grupo de reconocida filiación esportinguista. En apariencia no venía el Espanyol con una alineación de saldo, sino a perseguir el Dorado europeo, que no es imposible y menos bajo los mandos de uno de los caballeros de los banquillos: Quique Sánchez Flores. Pero el Espanyol pareció jugar a medio gas, sin forzar la maquinaria, como dando por buena una temporada magnífica de un equipo bien cuajado y que en un futuro cercano puede aspirar a grandes metas. Es posible que tuvieran la mente puesta en el próximo partido contra el FC Barcelona, reto que esperan cada temporada como agua de mayo. Para mí, el Espanyol tiene mucho encanto, quizá es por esos recuerdos de los 80 y el aroma a fútbol de antes que desprende incluso su nombre. También es que nuestro guitarrista, Mario Cobo, y Vero Boquete, capitana de la selección española, son pericos irredentos y eso ayuda a mi simpatía. Barcelona no es una ciudad que reparta sus aficiones futboleras casi al 50%, como sucede en la capital española entre el Madrid y el Atlético. La ciudad condal es casi por completo culé y ser aficionado del Espanyol tiene un poco de militancia de resistencia. También ser del Sporting tiene mucho de resistencia, pero no de la que se atrinchera tras una barricada, sino de la que se agarra con una sola mano al borde de un precipicio.

Colgado de un acantilado, se aferra a la Primera División y contempla el desastre desde arriba, casi sin fuerzas, herido y desesperado, defendiéndose de su propio desorden. El Sporting es un caos, no juega de memoria y las ocasiones se generan a base de cierta improvisación, ataques espontáneos de pundonor y unas pocas gotas de talento individual. Se generan ocasiones, pero no demasiado claras; parece que una vez que están cerca de la portería rival no tienen un mapa para poner la bandera del gol. El Espanyol llegó mucho menos a la portería de Cuéllar, pero sus disparos se fueron desviados por muy poco. En el descanso sonó “Livin’ on a Prayer”, de Bon Jovi, un temazo que habla de Tommy y Ginal, una pareja de clase obrera que lucha duro y con fe para salir adelante. Pero el trabajo no lo es todo. Ya pueden decir todos los jugadores y entrenadores del mundo en las ruedas de prensa que “hay que seguir trabajando”, que no es del todo cierto. Hay que trabajar más, por supuesto, pero sobre todo hay que trabajar mejor. En el mundo del rock, las bandas que ensayan mucho no necesariamente son las que mejor suenan. Hay otras que saben lo que quieren, toman nota de sus virtudes así como de sus limitaciones, y trabajan según esos parámetros con un enfoque claro. Poco se va viendo eso a lo largo de la temporada. Cuando terminó el partido, la lluvia cayó con más fuerza que nunca, pero sin que las nubes pusieran mucho interés en ello. El estadio vacío transmitía su pena y las escaleras de El Molinón, con las bolsas de basura negra amontonadas, invitaban a la tristeza. Afuera, los coches de policía emitían sus luces intermitentes y parecía que habíamos regresado de nuevo al invierno. Quedaba como único consuelo el olor de los eucaliptos que susurraba que este empate tal vez termine pareciendo una victoria.