El Camerino

En la Edad Media, el espacio de una iglesia se organizaba de tal forma que no todas las zonas tenían la misma importancia. Aunque Dios estuviera en cada rincón, no era lo mismo situarse cerca de la entrada que en el altar, lugar exclusivo donde se unían lo humano y lo divino. Ese concepto del espacio “sacralizado” sigue vigente en la actualidad y todos los recintos tienen un lugar que es superior a otros. ¿Cuál es la zona de una sala de conciertos en la que desea estar un fan? ¿El escenario? No, el camerino. Un acólito de Bob Dylan, Rolling Stones o Loquillo prefiere siempre entrar en el camerino antes que subir al lado de la batería o ponerse junto al amplificador del guitarrista. Tiene el mismo misterio que el vestuario de un equipo de fútbol antes de una final, durante la charla técnica del entrenador. Es el sancta sanctorum del sumo sacerdote, la celda vertical de la abeja reina, la última pantalla del videojuego del rock.

¿Qué secretos se guardan allí? Tal vez ninguno pero, en el siglo XXI, es casi el único espacio donde entramos en contacto simbólico con lo divino. Las iglesias están vacías y, en cambio, se han llenado los estadios de fútbol y las discotecas de extrarradio donde el D.J., en su altar, convierte el sonido en alimento para las masas de viernes a domingo. El rock, que tanto ha copiado de la escenografía barroca católica, sirve ahora de inspiración para el Papa, que se presenta a sus fieles como una caduca estrella de la canción. Pero hay una diferencia fundamental entre una sala de conciertos y San Pedro del Vaticano: nadie quiere entrar en el camerino del Papa. La tierra prometida está en el rock.

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