Hace unos meses el CSIC realizó un estudio de miles de canciones grabadas entre 1955-2010 y llegó a la conclusión de que la música reciente sonaba toda igual y era anodina. La rama canadiense de la IASPM (Asociación Internacional para el Estudio de la Música Popular) puso el grito en el cielo y publicó en su web una explicación que rebatía esta afirmación. La IASPM objetaba que los métodos y herramientas empleados condicionaron totalmente el resultado ya que el análisis principal, basado en algoritmos, se centraba en la melodía y en el timbre de los instrumentos. Decir que dos canciones se parecen porque utilizan una de las doce notas de la escala o porque en ambas suena una guitarra es como insinuar que dos escritores son similares porque emplean adjetivos y verbos. Además, los ordenadores del CSIC no computaron los patrones rítmicos y, en la música popular, el ritmo es fundamental, sobre todo en géneros como el rap, el dub o el reggae.
El CSIC tampoco tuvo en cuenta que la música se desarrolla dentro de un contexto social y que la misma canción suena de modo muy diferente si la persona que la escucha pertenece a una clase social u otra o a un determinado sexo, edad o raza. A este tipo de estudios pseudocientíficos les falta una visión humanista y global que incida en aspectos que un ordenador no puede analizar y sin los que es imposible comprender cómo funcionan los productos culturales. Desgraciadamente, a los medios de comunicación les encantan estos informes porque ofrecen respuestas cerradas y sin matices que, además, reafirman a la gente en lo que quiere oir; en este caso, que la música de antes era mejor. El CSIC, como la nostalgia, nos engaña.















