Cantos de almohecines, sorprendentes minaretes que cosen el cielo con sus melodías batidas por el viento tracio. Cinco veces, cinco, se eleva cada día esta llamada desde la garganta a los fieles. La oración, desde la mezquita exigida, resuena entre el infinito y el desierto. Reconozco en esta voz divina voladuras de cante jondo, temblores de jota aragonesa y ecos con cadencias de tonada asturiana. Su timbre acalorado pudo viajar de Bagdad a Jerez o, tal vez, la casualidad hizo coincidir los atávicos cantos en forma y fondo. Desde las agujas triunfantes de la ciudad, el almuédano divide el tiempo en cinco partes que evitan el lento desasosiego del día. Mientras tanto, en occidente, nuestro Dios Dinero nos llama con llantos de alarmas y sirenas de móvil desordenando nuestro silencio y secuestrando la vida. En cambio, cuando las dunas del ezan se arrojan sobre el crepúsculo ascético de Estambul, unas sobre otras se derraman como el canon superpuesto de cúpulas de Hagia Sofía.
Cerca, en el Bósforo, suenan las chimeneas wagnerianas de los barcos que, amarrados en sus aguas, expulsan al aire la mala digestión de sus motores. Los petroleros del mar negro transportan las entrañas oleosas de la tierra y lanzan su triste queja como un Leandro sin rumbo. Por ese mismo estrecho, Jasón con su vellocino volvió triunfante y los mercaderes ligures dejaron su esencia de especia. Pero hay un sonido, monótono y cambiante, como el frío o el sol, que vive preso en la partitura móvil de seda que Alá escribió para los suyos. Este canto arrojado al aire, cinco veces al día, cinco, se parece, sobre todo, al mar, porque, como una vez dijo Chillida, éste es “siempre nunca diferente, pero nunca siempre igual”.

















Qué bonita la descripción de Estambul!!! Escribes como los ángeles, Igor. Como poeta también te hubiera ido muy bien.
Don Igor, de nuevo vuelvo a coincidir en gustos, Estambul, que maravillosa ciudad.Sabia usted que es la segunda mas grande del mundo, solo superada por Mexico DF.Y pensar que hace apenas diez años, no llegaba a los cinco millones de habitantes.Despues llegó la explosión-.Pero es mágica, sus callejuelas, sus mercados, sus mezquitas, sus gentes, tan educadas, con dieciocho años, y ya son hombres y mujeres, lo ves en la cara.Y el Bosforo, fue un placer, el bajar al mar negro, en un barco de cuarta categoria, entre montañas que me miraban con aire de superioridad.PD.Una pega, no hay bares.