Leonard Cohen

Enigmáticas, sutiles y poderosas. Así son las letras de este sacerdote de la palabra que le han servido para alzarse con el premio Príncipe de las Letras. Sin embargo, en mi opinión, el galardón que se tendría que haber llevado es el de las Artes. Parece que se hubiera condecorado al artista sólo por la faceta lírica de su obra y dejado sin premio el aspecto musical, que es tan bueno o mejor que sus textos. Un buen letrista no siempre es un buen poeta o escritor, ya que, pese a estar relacionadas, estas artes son muy distintas entre sí. No sé si el jurado habrá leido algún libro de Leonard Cohen, pero yo una vez intenté adentrarme en uno y era sencillamente infumable. Lo mismo sucede con los poemas de Jim Morrison o con las novelas de Nick Cave, que no están a la altura de lo que escriben en sus maravillosas canciones. Leonard Cohen, además, tiene una de las voces más profundas del mundo de la canción y su recitado disfruta de un fraseo único, casi hipnótico, que eleva cualquier cosa que escriba a la categoría de salmo. Es, sin duda, un gran aedo, y estoy seguro de que podría recitar la lista de la compra en un concierto y conseguiría emocionarnos a todos. Y qué decir de esos arpegios que saca de su guitarra con el amor y la paciencia del que escucha el pecado de un fiel. En sus manos, la guitarra adquiere una rara belleza marina y surgen de sus cuerdas oleadas lentas de notas que empapan para siempre la arena seca de nuestros sentidos. Es un fantástico creador de melodías eternas que, bajo una oscura apariencia, esconden estribillos fáciles de memorizar. Su instinto melódico es casi superior a su talento literario y la prueba está en que muchos de sus fans no tienen ni idea de inglés ni de lo que significan sus letras, aunque intuyan que ahí se encierra algo importante. Con Bob Dylan, en cambio, salvo algunos discos como “Desire” o “Blood on the Tracks”, lo normal es que, para soportar sus letanías, necesites entender lo que dice. Cohen es un poeta normal pero un gran intérprete y escritor de canciones y, por eso, me hubiera parecido mucho más justo que se llevara el Premio Príncipe de las Artes, ese mismo que el año pasado concedieron sin despeinarse al sobreveloradísimo escultor Richard Serra.

Escucho a Leonard Cohen desde que era pequeño porque mi madre lo ponía a todas horas entre los Pekenikes, Los Brincos y el Dúo Dinámico. Con diez años, la verdad es que me parecía aburridísimo y muy monótono y no entendía porqué mi progenitora, después de brincar con “Flamenco” o “Quince años tiene mi amor”, que lo pasábamos pipa en casa, escuchaba a ese señor tan seriote y sombrío que parecía que se iba a morir del disgusto. Sin embargo, cuando ponía sus discos, ella no parecía triste sino muy alegre, y entonces comencé a prestarle más atención. Cuando me quise dar cuenta, estaba atrapado en sus secuencias de acordes de diez minutos y, aunque no entendía las letras, sentía que había que estar atento y en silencio como cuando la gente escuchaba la misa en latín que, pese a desconocer el difunto idioma, sabía que ahí estaba la palabra de Dios. Hay muchas formas de escuchar y no siempre se necesita un diccionario para comprender a alguien. La música de Cohen es alucinante y tiene tantos matices que puedes vivir un montón de tiempo en sus canciones. Hay miles de elementos para disfrutar; por ejemplo, los constantes e imprescindibles coros femeninos que funcionan como un perfecto contrapunto al barítono subterráneo de su voz. O esa calma mediterránea con la que canta que recuerda al incienso recién llegado de oriente, ideal para aletargar el espíritu cansado del bullicio de la ciudad. Por no hablar de los arreglos, sobrios y exactos, que jamás estorban la interpretación del vocalista. Sus músicos forman el mejor estanque posible para que el artista reme sin que su barca vuelque.

Leonard Cohen (1934) es un personaje singular y su propia singladura vital nos presenta a un hombre lleno de dobles sentidos. Nació en una familia judía y anglófona en Montreal, ciudad de mayoría cristiana y de habla francesa, y mostrará temprana inquietud por la poesía. Desarrollará una incipiente carrera literaria pero, sin embargo, será la música la que le proporcionará, casi sin pretenderlo, el deseado éxito y respeto intelectual. Sus letras, llenas de referencias religiosas, también aluden con frecuencia al mundo sensual y fogoso de un hombre cultivado obsesionado con las mujeres. En 1960 vivió en una isla griega, a pleno sol y sal, donde buscaba a las musas entre el azul del mar pero, en 1994, se trasladó durante casi seis años a un monasterio budista en los Ángeles. Durante su retiro espiritual su gestora se ocupó de su vida material y le sustrajo cerca de cinco millones de dólares, así que tuvo que despedirse de la tranquilidad del millonario y volver al mundo de las giras para regocijo de sus seguidores. Del libro y la alcoba griega al Manhattan pijo y leído, del loft neoyorquino al éxito mundial, de la fina educación judía a la meditación de corte oriental, de la sencillez y calidez de la guitarra española a la exhuberancia del disco producido por Phil Spector hasta llegar a los arreglos electrónicos de “I´m your man” (1988), Leonard Cohen ha realizado un inolvidable personal. En este periplo nos ha entregado auténticas joyas de la música. A través de Cohen veo también el paso de mi vida, ese que va desde un domingo lluvioso de un barrio de Avilés con mi madre imitando la prosodia calma del canadiense hasta llegar a mis conciertos en solitario en el Búho Real de Madrid donde tocaba con César Pop una acelerada versión en clave country de “Hallelujah”. Enhorabuena por el premio, príncipe.

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Una respuesta a Leonard Cohen

  1. Horacio dijo:

    Sencillamente… Cohen… DIOS. Gran artículo, de verdad, muy bueno.

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