Llueve

Creemos que la lluvia es un territorio para poetas melancólicos, de esos que buscan la metáfora de las lágrimas y las gotas bajo los cristales empañados. A veces, siento que hay unos arqueros escondidos en las nubes disparando flechas líquidas a nuestros paraguas, escudos inexactos que no evitan la mojadura letal. Nunca he oído discos con tanta niebla como los de The Smiths ni con tanto sirimiri como los primeros de Duncan Dhu. La bruma del Norte se concentra en surcos húmedos que despliegan su frío cuando la aguja entra en contacto con el vinilo. Pero los cinéfilos saben que debajo de la lluvia hay un espacio para la sonrisa y, cuando la voz de B.J. Thomas entona la inmortal melodía de “Raindrops Keep Fallin’ On My Head” en “Dos Hombres y Un Destino” en vez de quejarse por el imprevisto chubasco, nos ofrece una invitación al optimismo feroz que no fluctúa al capricho de las isobaras.

Hay pocas canciones que transmitan tanta felicidad como “I’m Singin’ In The Rain”. En la película del mismo nombre, Gene Kelly, con el paraguas cerrado, baila bajo un imponente aguacero mientras expresa su alegría a los cuatro vientos. Sus pies volando sobre el suelo mojado nos enseñan que cuando diluvia lo mejor que podemos hacer es cantar y no llorar. En Asturias tenemos mucha suerte de que el clima, aunque parezca lo contrario, esté de nuestro lado. Dentro de unos años, cuando el agua en España sea un producto escaso, comenzarán las batallas por su control y seremos la nueva Arabia Saudí. Hace décadas nuestra riqueza venía del negro subsuelo, pero en el futuro procederá del azul cielo. ¿A qué huelen las nubes? A gloria.

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