Nuestro Caruso en verso

Surcaba el año el ecuador del estío y me dedicaba a la lectura del periódico local. Anunciaba con boato y donosura la actuación de Don Carlos en un festejo popular y tal artículo se acompañaba de una entrevista con el artista. Sorprendiome en su hablar la generosa pompa con la que se refería a su persona y las prolijas alabanzas que dedicaba a su propio arte. ¿Un nuevo Pavarotti y aún no nos hemos enterado? ¿Mozart revivido, tal vez? Explicó que había estudiado canto, solfeo y que cocinaba canción asturiana con algunas cucharadas de jazz. Si no leo no lo creo. “Diantres”, pensé para mis adentros, “este Rubiera debe de ser un fenómeno, habrá que ir a verlo”.

Partí al evento en busca de su magistral cátedra acompañado de varios de mis amigos y el concierto comenzó con canciones propias del ramo, que interpreté como lo mismo de siempre. Pasadas varias tonadillas mis amigos inquirieron: “Pero, ¿qué canción lírica, qué jazz, ni qué cojones? ¡Esto es una verberna como las de Tazones!”. Malencarados y con el puñal desenfundado, insistieron en tirarme al pilón de la plaza de al lado. ¡Y todo por haberme fiado del licenciado! Respondí: “Confundiome la prosa y el monoloquio del Rubiera, que me hizo tomarle por lo que no era, pero no os preocupéis, que este desaguisado lo paga el ciudadano”. Ahora, nuestro Carusso es valido de cultura y bastardea con cara de imperio el bienestar de la ciudad ignorando los pitos que el pueblo le procura. Maestro trágico,  mollera inane, Fénix del absurdo, es usted más peligroso en un despacho que en un escenario, así que vuelva a cantar como Dylan, Plácido o Amaral, ¡pero deje de joder al personal!

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