Admiro más a la gente que resiste que a la que simplemente sobrevive. En la resistencia hay implícito un esfuerzo y cierta fe en uno mismo que va mucho más allá del mero instinto de supervivencia. Richard Hawley (Sheffield, 1967) es uno de esos casos. Aún sigue en pie, tras numerosas batallas musicales que incluyen haber trabajado de guitarrista para Pulp o componer con Robbie Williams. Hawley ofreció la semana pasada un concierto en Madrid que solo es posible con 45 años. Salió vestido de rocker inglés, tupé, pantalón vaquero arremangado, cazadora de cuero y gafas, como el John Lennon de la época de Hamburgo. Es decir, un duro de escuela de arte. Vimos a un cantante en su punto justo de cocción. Sus canciones tienen un marcado sentido del lugar y se escoran hacia el lado más melódico de los años 50, como si fuera un Roy Orbison barítono o un Neil Sedaka cantando entre fábricas de acero.
Su forma de tocar la guitarra, concisa y ambiental, es una mezcla entre la ausencia de vibrato de Sterling Morrison (Velvet Underground) y los ecos de Will Sergeant (Echo & The Bunnymen). Muchos artistas conciben sus mejores obras en su primera juventud y, con el paso del tiempo, contemplamos su lenta y triste decadencia, como sucede a esos chicos del instituto que eran guapísimos y ahora son sólo una sombra de su breve belleza. Pero hay otros artistas, como Hawley, que necesitan tiempo para acumular sabores vitales y cuajar las piezas de un conjunto forjado con la pausa del vino viejo. Esa belleza sabia y un poco madura no llama la atención tan rápido como un buen culo pero, una vez que te atrapa, no te deja escapar. La arruga es bella.
















