Buenos Aires-Amsterdam-Barcelona y, por fin, Asturias. Acabo de llegar hace sólo unas horas y estoy tan feliz como cansado. Los cambios de hora, las esperas y las colas van minando poco a poco el cuerpo hasta dejarlo torpe como un trapo viejo pero como los conciertos allí han salido muy bien, no siento la fatiga. Para muchos músicos lo más duro de esta profesión no es la inestabilidad salarial o la siempre caprichosa inspiración, sino la gran cantidad de desplazamientos que haces a lo largo de tu carrera. Más que nómadas o viajeros somos trashumantes, gente que se transporta pero no siempre se transforma. Sin embargo, cada vez disfruto más de esas largas horas en tren, furgoneta o avión. Y cuanto más dure el viaje mejor.
Mi favoritos son los vuelos transoceánicos porque durante ese periplo el tiempo es todo tuyo y nadie te interrumpe: no hay llamadas de móviles, cartas del banco ni visitas imprevistas. Es un mundo dentro de otro mundo, un oasis que riega nuestra soledad con las únicas gotas del silencio. Con tantas horas por delante puedes plantearte la lectura continuada de libros como “Los siete pilares de la sabiduría” del gran T.E. Lawrence, escribir largas cartas a los amigos o hacer planes futuros con serenidad. La vida urbana contemporánea, aunque insista en el concepto de ocio, en el fondo, lo niega ya que sólo trata de robarnos la máxima cantidad de tiempo propio, que es junto con la salud, el único tesoro que no se recupera. El paraíso está en los escenarios, los camerinos, en las camas, pero sobre todo, se encuentra en algún punto indeterminado entre Europa y América, a miles de kilómetros de altitud durante las horas muertas que tanto nos resucitan.

















Estoy con usted, yo he tenido la suerte de viajar mucho, a BA tres veces, la última en medio del Atlántico, un un descenso vertiginoso, turbulencias decia la azafata, que perdí el color y todo.Pero da gusto, si señor, me encanta las esperas en los aeropuertos, un buen libro, un cafe, una chica que se sienta a tu lado, luego siempre resulta que está en la otra punta del avión.El caso es, como decia, Machado, moverse.