El Sporting regaló el partido

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 1 – Real Oviedo 1
(El Molinón, Gijón – 9.9.17)

Qué extraños momentos ha vivido el fútbol asturiano en los últimos veinte años. No me gusta jugar a la creación de metáforas fútbol-sociales, pero es innegable que la ubicación de los equipos en las distintas divisiones y posiciones es un buen barómetro para testar la situación económica y social. No hay más que mirar los cuatro equipos que tiene el País Vasco (dos millones de habitantes) en Primera División. Ya, ya sabemos que es una Comunidad que ha hecho las cosas muy bien. Quizá sea el único ejemplo modélico de reconversión industrial en España. Y ahí están: Real Sociedad, Athlétic de Bilbao, Eibar y Alavés. ¿Y qué sucedió en Asturias mientras tanto? Una reconversión pésima, un uso delirante de los fondos europeos que han dado lugar a una región empobrecida y sin visión de futuro. No hace falta mirar los indicadores económicos, sirve con ver los singulares recorridos del Oviedo y el Sporting por los campos de fútbol. El Oviedo, un clásico de Primera, se vio envuelto en un durísimo peregrinaje por Tercera División, la oposición de un alcalde de la escuela Gil y Gil que no comprendió el patrimonio que tenía en el equipo de la ciudad. Al final, fue salvado por unos cuantos héroes que pusieron todo su esfuerzo en conseguir dinero para la salvación del alma azul. El asunto del Sporting es aún más cruel. Dos finales de Copa del Rey, Europa como viaje habitual y, de pronto, la Segunda. Y luego, la Primera, y otra vez la Segunda. Y con la afición más intensa y numerosa en términos relativos de España. El fútbol asturiano es una metáfora perfecta de lo que es Asturias: talento malgastado. Siempre viene bien recordar ese glorioso diálogo de “Historias del Bronx”: “Recuerda, no hay cosa más triste en la vida que el talento malgastado. Ya puedes tener todo el talento del mundo que, si no haces lo que debes, no conseguirás nada, pero si haces lo que debes, seguro que te ocurren cosas buenas”. Y así estamos. Dos equipos de peso que se reencontraron en Segunda tras demasiados años. Como viejos vecinos, se saludaron y se miraron con respeto. Había cierto temor pero, en el fondo, ambos sentían cierto alivio. La crisis ha sido tan grande para todo el mundo que nadie puede disimular que ha sufrido. Así que, tras recuperar el trabajo en la industria del fútbol, los dos sentían alivio. Pero, claro, región pequeña, infierno grande. Y la presión les pudo. Ninguno jugó relajado y la afición, que siente estos partidos como ningún otro (aunque puntúan como el resto de partidos, no más), transmitió a los jugadores una tensión que no les refleja. En mi opinión, el Sporting regaló el partido. Es superior al Oviedo, que jugó muy bien la baza de la intensidad y es un equipo muy bien trabajado. Los cambios -esta vez- no estuvieron acertados y hubo cierta relajación, quizá buscando el contragolpe que pagaron con dos puntos. Hay que reconocer que el Sporting no jugó bien sus cartas y el Oviedo sí. Creo que todo el ambientazo de El Molinón, al Sporting le pasó factura; en vez de ayudarles, les agarrotó. Al menos,en la segunda parte, que les pudo el miedo a ganar. Yo, afortunadamente, no estaba en Gijón. Tengo demasiados amigos de Oviedo (y del Oviedo) como para poder disfrutar de algo así. Estaba en Razo (A Coruña), en el Raz Camp de Surf, disfrutando de olas que me ahogaban como al Sporting ayer y preparando en concierto íntimo para mi actuación en Oviedo del próximo lunes. Los Sporting-Oviedo son como una borrachera: se viven de forma intensa, pero dejan una resaca duradera e inútil.