No hay derecho (Alejandro Espina – Ilegales)

No Hay Derecho (13.3.16)

Los aspirantes a músicos tenemos referentes que no siempre son extranjeros o inalcanzables, sino gente que muchas veces ves por la calle y que suelen ser más útiles que aquellos a quienes sólo ves en las portadas de los discos. En Asturias podían ser Los Locos, por ejemplo, o los mismos Amateurs. Eran músicos que habían llegado lejos (por ejemplo, a grabar un disco), y nos recordaban que el sueño era posible. Muchos de ellos eran músicos generosos que compartían sus conocimientos con los más jóvenes, que les mirábamos con adoración porque metían a cien o doscientas personas en un bar. Eso era para nosotros el éxito. Y, cuidado, con el paso del tiempo, hemos descubierto que sigue siéndolo. Algunos de ellos eran Dani León, Javi Ramos y el propio Alejandro Blanco. Apenas eran cuatro o cinco años mayores que nosotros, pero, a ciertas edades, era una diferencia monumental. La primera vez que supe de Alejandro fue por su banda, Kashmir. Hacían un hard rock melódico, un género que en España nunca llegó a estar del todo de moda, pero a mí me encantaban. De hecho, escribí un artículo para el periódico del instituto sobre un concierto que dieron en La Real (con Los Locos, UHP, Lee Junior, Berrones…) para Amnistía Internacional, y recuerdo que destaqué a Alejandro Blanco. Es curioso que, con los buenos músicos que había en esa banda, le destacase a él, siendo bajista. Pero destacaba. Poco a poco empecé a encontrármelo por la calle y le preguntaba cosas, como cuando vinieron los insípidos, pero muy dotados, Level 42, que de aquella eran de obligatoria visita para cualquier bajista.

Y mientras los más jóvenes empezábamos a fraguar nuestros grupos, llegó la noticia: Alejandro Blanco entraba en Ilegales. Fue el triunfo de todos. No había nada más grande a lo que se pudiese aspirar. Recuerdo la alegría de sus amigos, que lo celebraban como una Copa de Europa. Y también se resaltaba su bonhomía y se decía: “es demasiado buena persona para tocar en Ilegales”. Lo que estaba fuera de toda duda era su capacidad como bajista. Se adaptó a la perfección y replicó ese sonido grueso, pero con el ataque de la púa muy destacado, tan característico de Ilegales, inspirado en los primeros discos de Graham Parker (“I’m The Man”, por ejemplo). Alejandro mantenía el ataque constante y regular y es que, una de sus virtudes, era el tempo. Otra, el sonido. Gracias a que Babylon Chàt compartimos durante unos años discográfica y estudio de grabación (M-20) con Ilegales, a veces podíamos escuchar la pista de bajo aislada de Alejandro. Nuestro bajista, Ricardo Saavedra, también alumno suyo en el Taller de músicos, escuchaba admirado. Fue el propio Alejandro quien le explico a Ricardo el truco de hervir las cuerdas de bajo para reutilizarlas y no tener que comprar otras. Esos detalles son los que separan a un músico bueno de uno grande. Alejandro, el primero en triunfar y el primero en irse. No hay derecho.