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Mourino no baila rock

José Mourinho es el Tommy Mottola del fútbol. Mottola era el antiguo capo de Sony American Corp., un tipo con un olfato increíble para vender millones de discos de fichajes como Mariah Carey, Jennifer López o Thalía. Un rey midas que convierte en oro todo lo que toca. Me recuerda a Mou porque ambos poseen la fórmula del éxito rápido y saben cómo ascender hasta a la cima sin dar rodeos. Ambos dirigen una multinacional que les exige rendimientos inmediatos y ellos responden a la perfección con su cometido: mínimo arte, máximo triunfo. Guardiola, por otro lado, es el responsable de Blue Note, un sello de prestigio intachable que cada domingo edita un L.P. con muchas posibilidades de hacer historia. Sus compradores, gourmets de exquisito paladar, exigen calidad suprema a cambio de su fidelidad. Manolo Preciado, otro reconocido cazatalentos, es el gerente de Sun Records, una discográfica de presupuesto escaso y exiguas ventas que sobrevive a base de tenacidad y mucha pasión. Preciado graba a intérpretes de géneros primitivos que hacen las delicias de esa minoría que disfruta con los sonidos sin adulterar. Howlin´ Gregory Wolf o Rufus Barral apenas aparecen en las listas de la revista Billboard, pero no todos disponen, como Tommy Mourinho, de una aplastante maquinaria promocional dispuesta a aplaudirles cualquier tontería que saquen al mercado. Preciado no deja que nadie le pise su pequeña empresa y sólo lanza maravillas de blues, country y rockabilly, igual que Guardiola edita el mejor jazz que se hace ahora mismo. Mourinho, de momento, ocupa los primeros puestos de los 40 principales con el pop barato y efectivo de “D.J. Sergio Ramos y sus poligoneros blancos“,  pero se trata de una bazofia sin clase que jamás entrará en el corazón de la eternidad porque una cosa es ser grande y otra es tener grandeza. ¡Canalla!

Artículo publicado el 28 de Noviembre 2010 en diario asturiano El Comercio y en el libro de Igor Paskual “Rugidos de Gato” (Efe Eme, 2015)

Jony genera inquietud hasta cuando calienta

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Valladolid  0- Sporting 1
(Nuevo Zorrilla, Valladolid – 15.4.18)

Sí, Jony puede estar mermado, Jony puede estar tocado, pero incluso cuando está calentando en la banda, ya genera inquietud en el rival. Hay muchas razones para ello. En menos de cinco minutos había creado más peligro que Isma López en todo el tiempo que estuvo sobre el césped. Me da mucha rabia por Isma. Es un perfil de jugador con molde en Lezama, es decir, comprometido, serio y entregado. Pero hace tiempo que no está. Y como no está, no juega, y como no juega, cada vez está menos, y es la pescadilla que se muerde la cola. Pero el fútbol, como la poesía, vive de realidades y no de intenciones. Es de justicia reconocer que el triunfo en Valladolid se cimentó sobre Barba, que cada vez se parece más a la estatua de Augusto en Campo Valdés (aunque conviene recordar que Gijón es una fundación Flavia, por tanto posterior a Augusto). Barba es la conquista, pero también es la paz en sus dominios y, gracias a él, florecen el comercio y también las artes. Y de la misma manera que Barba pone orden en defensa, la directiva del Sporting debería de una vez por todas expulsar a esa especie de guardia pretoriana neonazi que, ensuciando el estandarte del Sporting de Gijón, entró en un local de Cimadevilla a pegar con barras de hierro a los aficionados del U.C. Ceares. El Ceares es un club de Tercera División que, desde hace unos años, se caracteriza por su compromiso con la cultura (concursos literarios, club de lectura), su impulso decidido por el fútbol femenino y su entrega a diversas causas sociales. No es la primera vez que sufren agresiones de estos tipejos. Lo que sorprende es el altísimo grado de connivencia o de tolerancia de la directiva sportinguista con estos sectores de “ideología” neonazi. Jamás se ha presentado el Sporting como acusación particular contra estos seguidores violentos. Y ha tenido unas cuantas oportunidades (peleas multitudinarias contra seguidores del Génova, Sevilla o Deportivo). Pero lo cierto es que la justicia -esa de doble velocidad y triple rasero- les ha absuelto en diversas ocasiones contra toda lógica y desafiando a las mayores evidencias. Da la impresión de que gozan de un privilegio especial.

Recordemos las imágenes durante la llegada del autobús del Sporting a El Molinón contra el Oviedo. Varios de ellos se enfrentaron directamente a los antidisturbios. Eso no muestra de valentía, sino de que se sienten muy protegidos. Lógico, sólo uno ha sido condenado después de más de sesenta detenciones desde 2009. Son un peligro andante por sus agresiones y amenazas (a periodistas o cualquiera que trate de detenerlos) y, si no se actúa a tiempo, lamentaremos una muerte. Ensucian el escudo del Sporting, enlodazan nombre de la ciudad y se sientan en un campo que es de todos los gijoneses (incluso de los que no van al fútbol). Esperemos que al final de temporada tengamos una doble celebración: la del ascenso y la del fin de la impunidad de los ultras. Que no se manche con barras de hierro y puños lo que con sudor se gana en el campo. Un campo que lleva el apellido “Enrique Castro, Quini” no puede ser la casa de esta gentuza. Afortunadamente, el Sporting tiene más titulares que ofrecer. Uno de ellos es la calidad enorme de Sergio y Bergantiños, arquitectura de tungsteno y granito sobre el que defender un gol durante noventa minutos. El trabajo de Nano Mesa y Rubés, y, sí, una vez más, la mano salvadora de Mariño. Mano y no puño.

Quini, el último mito

Nos ha dejado el mejor delantero español de todos los tiempos. Siete veces Pichichi, cinco en Primera División y dos en Segunda. Con el Sporting y el Barcelona. Esas cifras están ahí no sólo para que las supere quien pueda, sino como un certificado contra el olvido. Sus logros se erigen sólidos como una roca frente al mar. Pero no sólo ha muerto una gloria del balón sino una manera de entender la vida y el fútbol. Nos abandona una forma de estar en el mundo. También se va alguien a quien al mirarle a los ojos, le salía la nobleza del corazón. Gijón caminaba con él, se curaba con él y también se aferraba a él. Era el último mito. Si se hubiera presentado a las elecciones para ser Presidente de Asturias es muy posible que hubiera ganado. Y era uno de los pocos futbolistas en el mundo del que deseabas comprar su camiseta treinta años después de haberse retirado.

Y es que Quini consiguió ser un coloso en los campos y luego, comportarse como alguien normal en la calle. Llevaba en un pie un zapato con la suela gastada y en el otro, las botas con tacos, alas y la mira telescópica para perforar porterías. En las circunstancias que vivió, no haber sido un estúpido es algo absolutamente extraordinario. Poca gente sabe lo que difícil que es seguir siendo normal, después de alcanzar tales logros, de vivir esas tentaciones y estar sometido al elogio constante. Aunque lo que más recibía Quini eran muestras de un respeto casi regio. En todos los campos de España se le recibía con honores.

En Asturias nos sentíamos orgullosos de su forma de ser porque, en el fondo, encarnaba muy bien el carácter asturiano y era un embajador oficioso que iba allá de lo deportivo. Quini era un “paisano”, tal y como se entiende en Asturias, es decir, alguien de quien te puedes fiar sólo con darle un apretón de manos. Lo que representa Quini para nosotros es algo tan especial que tengo muchas dudas de que sea comparable a lo que suponen ídolos de grandes clubes para sa ciudades. Para la posteridad queda ese reportaje de Canal 9 del 2003 con cámara oculta donde Quini asombra por el amor sincero, casi de niño, que aún mantenía por el fútbol. Enorme en el campo, colosal fuera de él. Estoy seguro de que en cielo, una vez más, volverá a ser Pichichi.

Sin guión ni director

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 0 – Cádiz 1 (El Molinón, Gijón – 19.11.17)

Antes de que comenzara el partido, sonaron  “Rompeolas” y “Welcome to the jungle” en El Molinón. Son dos canciones que se escucharon como bienvenidas. Ambas evocan un mundo de promesa y esperanza. El mar rompiendo contra el muelle, y la bienvenida a la jungla. No sé quien escoge la música en el templo del Cantábrico, pero está en racha. Y yo, por fin, en El Molinón. Había llegado el día anterior tras quince días fuera de casa, con un concierto el viernes en Orihuela, tierra de Miguel Hernández. Pero, al final, las canciones pesaron menos que la humedad de Gijón que se incrustó en nuestras almas como un 0-3 en casa. Fue bello el reencuentro en la sala de prensa con Javier Barrio, Andrés Maese y Enzo Ferrero, pero poco duró la alegría. Lo que llevaba tiempo percibiendo por la pantalla, lo pude comprobar en El Molinón: el Sporting no tiene el balón y cuando lo consigue, lo pierde con una facilidad pasmosa; no sólo con los pases en corto sino con los desplazamientos en largo que son un camino vacuo para solventar la carencia de ese jugador creativo. Hay buenos jugadores, pero a muchos de ellos les falta cierto caracter, voluntad para imponerse en un escenario y dominar el tiempo. Se precisa alguien que se ofrezca, Bergantiños no lo puede hacer todo. Y Barba no es suficiente para cerrar todas las vías por donde entra el agua. No hablo de invocar a la famosa testiculina que, a la larga, no aporta demasiado. Pero sí falta alguien que transmita a sus compañeros cierta fe y contagie ilusión. También vi que Stefan juega con un sentido y una intención increíbles y que su control de la pelota es única en este equipo. Va un segundo antes que el resto y, de hecho, tiene condiciones para ser ese centrocampista creativo que tanto se echa en falta.

Una gran pitada en el descanso despidió a los jugadores de camino al vestuario. Y al poco sonó “The Rising” de Springsteen, que estuvo tres veces, tres, en El Molinón. Quizá fue un intento de inyectar energía a los jugadores. O tal vez fue un mensaje al público que estaba verdaderamente enfadado con el equipo. Pero no funcionaba nada, en especial el medio. Rubén, Moi Gómez y Carmona estaban especialmente torpes en el pase y el Sporting cada vez era más gris. Todo era torpeza, lentitud y una dificultad mayúscula para sacar el balón jugado. Incapaz de robar un balón y de presionar con criterio. Santos, además, estaba haciendo la guerra por su cuenta. Desesperante es la palabra. Y el Cádiz no es que ofreciese gran cosa, pero era afilado por las bandas y un escudo en el medio. Justo lo contrario que el Sporting, que era débil en los flancos (en ataque y en defensa) y también era incapaz de avanzar por el centro. No tenía un guión claro. Más o menos lo mismo que estos últimos meses, pero sin el acierto matador o las ocasionales jugadas geniales de otras veces. La magia de los actores ya no consigue salvar una película sin guión ni director y el galán de turno no es garantía de éxito en taquilla. Se llama a Pablo Pérez y a Rachid, promesas jóvenes, en las peores circunstancias, para salvar un filme que ya hemos visto demasiadas veces. Pero la gente, antes de que terminara el partido, abandonó su butaca enfadada con los huesos heridos de la humedad. Pensaron que para ver este final, era mejor quedarse en casa. Todos se acordaron de Sergio, y Barral del Sporting.

El Sporting cayó en su propia trampa

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 1 -Valladolid 1 (El Molinón, Gijón – 13.11.17)

Salió el Valladolid como un potro desbocado El Molinón. Una locura de velocidad, control y equilibrio cabalgado por ese jinete valiente y temerario que es Luis César Sampedro. A su paso, no crecía la hierba y fue por el sendero de sus pisadas por donde se consiguió colar el Sporting, una serpiente. Un ofidio rojiblanco que sesteaba, pasaba de todo, dormía agazapada en sí misma, pero en cada mordisco inoculaba veneno mortal. Así, al final de la primera parte, el Valladolid que realmente había desplegado un juego muy atractivo, lleno de combinaciones y acercamientos al área, iba perdiendo. Sin embargo, el Sporting, que jugó los primeros cuarenta y cinco minutos lleno de imprecisiones y con una incapacidad manifiesta para tener el balón, no iba ganando por cuatro goles a cero de milagro. La naturaleza es cruel. La justicia es un invento del ser humano para corregir los errores de las personas. Y el fútbol es el deporte más animal de todos porque no se rige por las leyes de la justicia. Ni gana el más fuerte, ni el más sabio, ni el más listo. Gana quien gana, como en la naturaleza. Una mordedura de una serpiente puede terminar con la vida de un gran elefante, de la misma forma que un trastornado pudo terminar con la vida de John Lennon. En el descanso, el Sporting iba ganando gracias al afilado colmillo de Scepovic que marcó tras una gran combinación y un excelente pase de Calavera. Conviene apreciar cómo Scepovic se frena un poco en carrera para esperar el balón. Detalle de orfebre. También es cierto que el Sporting había perdido en el calentamiento a su guía, Sergio. Sergio, en medio de la jungla del fútbol, es el único que, sin tener la brújula, por lo menos sabe por dónde no hay que ir. Sin él, el partido se convirtió en una lucha para ver si ganaba el potro alegre y juvenil o la serpiente perezosa, pero letal.

La segunda parte fue aún más desquiciante. La serpiente rojiblanca, agazapada en su esquina, mordió varias veces, pero sus colmillos ya no eran letales. Así que mudó de camisa y se transformó en una explorador perdido, resistiendo con el cuchillo entre los dientes, con el agua al cuello sorteando cocodrilos y sobreviviendo a los mosquitos y las enfermedades. También tuvo que sobrevivir a Paco Herrera que como un cazador furtivo disparaba contra su propio equipo. Un planteamiento cojo y unos cambios, como mínimo, lentos y fuera de tiempo. Pasó un quinario el Sporting frente al Valladolid. Se salvó de milagro gracias al hechicero Mariño que invocó su danza de la portería convocando a todas las paradas magistrales de la historia. Tres paradas, tres, hizo Mariño similares a la de Gordon Banks frente a Pelé en el Mundial de 1970 o la de Buffon frente a Zidane en la final del Mundial del 2002. No veía el Sporting el momento de llegar a su campamento base y librarse del acoso al que también sometido. Hasta el orbayu parecía el diluvio universal. Un ejemplo del desorden fue la poderosa carrera de Barba para llevar el balón al área rival y sin encontrar una sóla opción fiable de pase. Y es que una serpiente puede salvarse de sus depredadores gracias a su veneno con muy poco esfuerzo. Pero nunca se convertirá en el Rey de la Selva si no sale de su madriguera y no es capaz de mantener un poco el balón o de llegar a la portería si no es al contraataque. Al final, el Sporting salió vivo de una emboscada que se tendió a sí mismo.

El gran déficit es un organizador

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 2-Almería 0 (El Molinón, Gijón – 27.10.17)

El pase de Carmona en el primer gol es para enmarcar. Para admirar muchas veces con deleite, como cuando se va a ver los cuadros de Sorolla del Museo de Bellas Artes de Asturias. Un pase que contiene la mágica belleza de lo que es plástico y, a la vez, útil. Dio un pase de balón que era como una flecha teledirigida en medio de un bosque de piernas. Usó la precisión de un cirujano y la intención de un arquero inglés del siglo XV. Ante ese pase, la defensa rival sólo puede -y debe- quitarse el sombrero y aplaudir. Y esa magia ocasional de varios jugadores es lo que está dando puntos al Sporting. La otra parte de la ecuación se resume en Sergio, -con Bergantiños-, que son la defensa antes de la defensa. Ayer estuvo imperial, mucho mejor de lo pudiera parecer a primera vista. Sergio es como la escultura de Jorge Oteiza, calibrada, con un conocimiento del espacio determinante y siempre en su sitio. Claro, cuando somos pequeños, nos impresiona más la obra de Chillida, tan elocuente, con esa presencia de la materia que apabulla. Pero Oteiza y Sergio son el espacio que es lo más difícil de entender, igual que sucede con el silencio en la música. Y como -esto ya lo sabemos- el gran déficit del Sporting es ese organizador que controle los partidos, Sergio también asume tareas de aguador y enfermero, es decir, la de sacar el balón del pozo y servir de soporte para sus compañeros que cuando necesitan dar un pase y descargar, ahí está el para ofrecerse, siempre bien ubicado. Por lo demás, vemos varios jugadores en crecimiento; Calavera aunque es el defensa que más huecos deja, a cambio, aporta mucho en ataque y tiene un pase de oro. Con la mano en el corazón, me gusta mucho más que Douglas: Calavera tiene más sentido del equipo. Isma López viene en ascenso creciente, todos sabemos de su compromiso y honestidad. Aunque, en ocasiones le falló el juego, nunca le faltaron las ganas. Isma López un ejemplo típico de la factoría de Lezama: buenos compañeros, trabajadores y poco dados a hacer el tonto. Y ese otro problema, bendito, pero problema para Paco Herrera que tiene que escoger entre Isma y a Canella; es decir, tiene dos laterales izquierdos que pasan por un momento dulce y se creen el equipo como nadie, pero no tiene un organizador nado ni extremos clásicos. Viguera no es que brillase, pero tampoco fue un desastre. En la delantera tiene Paco Herrera varios asuntos pendiente por solventar. No sólo la ubicación de Michael Santos, eterno luchador y chistera de mago, sino el estado anímico de este gran talento que es Scepovic, que reconozco como una de mis debilidades personales y que estoy seguro que lleva un gran jugador dentro. Ahora también deberá demostrar que lo lleva por fuera. Y, desconozco la situación, pero aún es posible que haya jugadores que puedan sumar como Pablo Pérez o quizá que la balanza justiciera del fútbol decida ya si Rachid vale o no. Hay algo que el Sporting de Gijón esta temporada está haciendo algo muy bien: ganar a los equipos que tiene que ganar. Si ante el Osasuna o el Numancia, el Sporting pareció poquita cosa, frente a estos conjuntos más tiernos o con menos presupuesto, el Sporting tiene veteranía suficiente para vencerlos son brillo. ¿Cómo consigue eso? Con una columna vertebral sólida y los chispazos de genialidad de algunos jugadores. Y ayer, con algo que es importante: presión e intensidad. Ante la falta de cerebro, al menos, puños.

Buscando su sitio

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Rayo Vallecano 1 – Sporting 1 (Estadio de Vallecas, Madrid –  22.10.17)

El Sporting sigue viviendo en su noria particular, en un eterno retorno constante, una repetición casi calcada de partidos anteriores: una brillante primera parte, una segunda más floja con cambios poco atinados y un portero salvador. Y, claro, la afición, que nunca falla. No nos olvidemos del rival, que también juega. Y el Rayo empujó. El guión parece escrito por unas manos traviesas que juegan con el Sporting y les hacen creer, primero, que pueden ganar, pero después, una voz paralizante les explica que también pueden perder. Así, vemos que se empieza con ganas, con intensidad y presión. Hay calidad y se demuestra. Pero en las segundas partes el Sporting se vuelve más timorato. ¿Es sólo una cuestión de mentalidad? La forma expresa el fondo, pero el fondo también condiciona la forma. Dependiendo de qué forma se escoja, el espíritu rojiblanco es uno u otro. Así que, mientras Michael Santos tuvo energía suficiente, el rival se vio amenazado por el charrúa. Este estilete único se fajaba, remataba y volvía loca a la defensa del Rayo. Santos tiene algo muy especial y, pese a que el Sporting no estaba creando mucho juego, al menos, sí defendía bien, presionaba y estaba ordenado. Pero cuando a Santos se le acabó la energía y dio síntomas de agotamiento, poco a poco el Rayo se veía menos amenazado y fue creciendo. La idea de Herrera fue anular la acumulación de hombres del Rayo por el medio con más jugadores. Cinco defensas. No todos defendían con la misma solvencia. Pero funcionó, relativamente. Lo que ya fue más dudoso fue el resto de los cambios. Santos, que según pasaba el partido iba mostrando un creciente cansancio, hubiera necesitado un acompañante. Tuvo a Carlos Castro. Y luego él mismo fue sustituido por otro punta, Viguera. Ambos poco efectivos, por desgracia. Cuesta entender las razones por las que a Stefan le dejaron en el banquillo. Comprendo que el planteamiento inicial fuera tener más velocidad, algo que el serbio no da. Pero hay que recordar todo lo que aporta Stefan al juego, al margen de que haga más o menos goles. Si hay alguien que sepa conservar el balón en el Sporting es él. No lo pierde con facilidad. Supongo que Herrera quiere tener a todos los jugadores contentos o repartir minutos entre la plantilla. Si no, es inexplicable entender por qué Stefan no ha jugado. Así que, de pronto, el Sporting se vio jugando con cinco defensas de los cuales sólo defendían cuatro (y, a veces, tres) y sin delanteros, porque ni Castro ni Viguera tuvieron su día. Si a eso se le suma que no había un organizador claro, se quedaba el Sporting a merced del enorme trabajo de Sergio y Bergantiños, brillantes durante todo el partido. Y todos los caminos terminan llevando a Mariño, que evitó el retorno a Gijón sin puntos. Así que la impresión que uno tiene después de ver un partido así es que el Sporting no termina de encontrar su sitio un peldaño más alto, pero tampoco pierde el que tiene. Se mueve a golpes de inspiración (Mariño y Santos) y de sudor (Sergio y Bergantiños). No termina de crecer, pero tampoco se viene abajo. Hay momentos de mejora, de buen juego, pero se depende demasiado de chispazos de algunos jugadores y de las virtudes de un portero que vuela muy alto. El Sporting está en la misma situación que tantos y tantos estudiantes: son listos, prometen y van aprobando más o menos con cierta fortuna, pero se espera más, mucho más de él. Para aprobar el examen final.

Cambios terribles

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 1 – Huesca 1 (El Molinón, Gijón – 13.10.17)

La Liga de Fútbol Profesional vive en una esquizofrenia constante. O más bien hace vivir al aficionado en un estado mental de zozobra. La Liga, por un lado, quiere que los campos de fútbol estén llenos, que luzcan y den color para que salgan bien en la televisión. Es decir, que tengan mucha gente entregadisima para servir de atrezzo a otra gente que lo ve a través de la pantalla. Es más, La LPF te dice exactamente en qué zona debería situarse la mayoría de la afición para que den bien en cámara. Pero, al mismo tiempo, al aficionado se le pone cada vez más difícil la tarea de ir al campo. Los días y los horarios que propone la Liga son una faena para cualquier ciudadano normal que quiera ver fútbol en vivo. Y mucho más, si desea ir con niños más pequeños. Así que ni se trata bien a la afición ni se cuida al seguidor del futuro. De pronto, el fútbol está marcado por la dictadura de la televisión y el aficionado de campo es mero adorno. Pura claque para aplaudir. El que paga una entrada a un estadio, para la Liga cuenta lo mismo como las risas enlatadas en los programas de humor. Y encima, pagando.

Si hay algo que diferencia al fútbol de cualquier otra empresa es que el cliente del balompié, es decir, el seguidor de toda la vida, ya está fidelizado de antemano. No va a cambiar jamás de producto, y con eso me refiero a que nunca será de otro equipo ni seguirá otro deporte con la misma pasión. Va a seguir ahí para siempre. Y por eso no les hace falta ni tratarlo bien ni cuidarlo. Así que ponen estos horarios y tantos partidos seguidos que son un abuso para el seguidor y suponen un riesgo enorme para los futbolistas que no cuentan con el descanso suficiente y se exponen a mayores lesiones. O sea, que a la Liga Profesional de Fútbol les importa un rábano el aficionado y les importa un bledo los futbolistas. Esto también pasa en la Copa de la Reina, donde los equipos femeninos juegan la semifinal y la final con sólo dos días de diferencia. ¿Por qué? Pues porque los deportistas están al servicio de los directivos y no al revés. Son una herramienta más para sus intereses personales y sus carreras profesionales. Nada más. Entiendo que el dinero de las televisiones son una partida importantísima en los presupuestos de los clubes, pero se podría llegar a acuerdos un poco más ventajosos para todas las partes. ¡Ah, el diálogo!

Aún y así, vimos un partido con dos equipos que no ahorraron energías y se lanzaron a por el partido con arrojo. Un buen partido de fútbol donde pudo ganar el que menos acusó el cansancio (El Huesca). Me alegré por Rubi, la verdad. Siempre me resultó simpático, trabajador y tuvo la mala suerte de llegar al Sporting en unas circunstancias de histeria y máxima necesidad. Le faltó un punto de suerte, o quizá ya era imposible hacer nada con esa plantilla. Pero ha armado un equipo muy sólido con el Huesca. Eso sí, tanto él como Herrera siguen haciendo unos cambios terribles. Herrera, como no cuenta con un creador nato, tiene al equipo viviendo a expensas de la inspiración de Moi Gómez que es un artista a lo Curro Romero. Con más fuerza mental será ese cerebro soñado desde hace lustros. El Sporting sobrevive con ramalazos de gol, el muro de Sergio/Bergantiños y la magia voladora de Mariño. Falta un poco, un poco más.