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Prohibido tocar

Hay algo que muy poca gente sabe sobre la música en directo en Asturias: no está permitido tocar en bares. Es decir, está prohibido actuar en un bar. Puede parecer extraño, pero esa es la realidad. Sólo se puede actuar en discotecas, circos, salas de fiestas, museos e incluso bibliotecas, pero no en bares. El caso es que el 90% de los músicos aficionados o profesionales actúan en bares y, por tanto, desarrollan una actividad ilegal. Se puede pensar que esto es por una cuestión de ruido, para no molestar a los vecinos cercanos. No tiene nada que ver. Por poner un ejemplo, en el mítico Danny’ s Jazz Club de Oviedo se puede pinchar el disco “Kind of Blue” de Miles Davis si éste no supera los 90 decibelios (dBs). Pero un combo de jazz, en el mismo local, no puede interpretar el “Kind of Blue” en directo. Da igual que lo haga a 90 dBs o a 80 dBs. La policía tiene derecho a impedir que el concierto empiece, como ya ha sucedido alguna vez. El decreto 91/2004 de la Ley de Espectáculos del Principado les ampara. No importa que no moleste a nadie, y menos en el Danny’s, que está insonorizado para 100 dBs -es decir un nivel de gran recinto, mucho más de lo necesario-. La norma afecta a todo el Principado, aunque el gran problema ha surgido en Oviedo con la Asociación de Vecinos del Antiguo (que representa a unas 230 familias) que, erigidos en portavoces únicos de una zona de 4.000 habitantes, imposibilitan toda tarea musical. Y no es un problema de ruido, insisto.

Los intereses para que no se pueda tocar son inexplicables. Es necesario modificar la Ley de Espectáculos (ya hay más de 14.000 firmas conseguidas) para permitir tocar en bares que desarrollan una labor básica en cuanto a entretenimiento, tejido cultural y motor económico. Se trata de una batalla en toda regla porque niega el derecho fundamental al trabajo a numerosos músicos sin perjuicio de nadie. La preocupación para que no se toque en bares llega tal punto que, temerosos de que dicha ley se modifique, desde la Concejalía de Urbanismo del Ayuntamiento de Oviedo anuncian ahora que hay que insonorizar a 100 dBs. Se basan en una Ley de Medio Ambiente de 1985 que es previa a la de espectáculos, no está hecha para bares y, encima, es orientativa. Puro papel mojado. Empieza otra batalla cultural.

Llegar a tiempo

Dice mi madre: “Val más llegar a tiempu que rondar un añu”. Nunca supe muy bien lo que quería decir y hasta llegué a pensar que escondía algún significado oculto. Al final, más o menos me he enterado y creo que se refiere a la importancia del sentido de la oportunidad. Esto lo vemos muy bien en el mundo de la música. Y es que para tener éxito o cierta relevancia, no sólo hay que tener buenas canciones sino que estas deben difundirse en el momento adecuado. No hay demasiados artistas capaces de capturar o reflejar eso tan intangible del “zeitgeist” (el espíritu de una época). Los Beatles lo consiguieron e incluso se anticiparon un poco, pero nunca tanto como para desmarcarse de su propia era. Los Sex Pistols cayeron sobre la faz de la tierra como si hubieran estado hechos por encargo y “OK Computer” de Radiohead es una radiografía perfecta del vacío postindustrial de fin de siglo. Pero hay bandas que además de vivir esta situación, también han estado en la contraria.

El caso más flagrante es el de Elastica. Su primer álbum fue, en su momento, el debut que más rápido se había vendido en Inglaterra. Era el año 1995, en plena batalla del Brit Pop entre Oasis y Blur. Las referencias de las bandas del momento eran The Kinks, Beatles, Roxy  Music, Rolling Stones, Madness, Smiths o el Bowie más glam. Nostalgia británica. Pero Elastica, sin embargo, copiaban a The Stranglers y Wire. Y más tarde a The Fall. Lo mismo, pero de manera inteligenge. Fue soplo de aire fresco en medio de la autocelebración británica. Eran elegantes y escribían canciones muy cortas, muy pegadizas y llenas de humor. Sus dos líderes, además, eran de clase alta (Justine Frischmann) y de clase baja (Donna Matthews), así que en una misma banda tenían su propia lucha de clases. Ese disco debut es intachable, pero tardaron cinco años en editar su siguiente álbum, “The Menace” y cuando salió, su momento había pasado, la críticas fueron tibias, vendió poco y al año siguiente se separaron. Sin embargo, aunque su debut es redondo, suena a una época muy concreta, como si estuviera congelado. Es un disco-vaso: una vez que lo bebes ya nopuedes obtener nada más de él. En cambio, aunque no tiene grandes estribillos, “The Menace” es agresivo, electrónico, muy muy punk, apunta hacia muchas direcciones y suena como les gustaría sonar a la bandas actuales que quieren ser modernas. Es decir, es un disco-pozo: aunque el agua está más lejos, nunca se agota. El asunto es que cuando tienes sed, quieres beber a tiempo. Tras rondar un año, ahora entiendo a mi madre.

Se buscan valientes

Ha partido de Mediaset una brillante campaña contra el acoso escolar llamada “Doce Meses”. Resulta curioso que lo haga Mediaset cuando muchos de sus programas no sólo poco edificantes sino que escupen mala educación y agresividad verbal a raudales. Pero es justo reconocer que la campaña merece la pena. Además, El Langui ha compuesto un tema para la ocasión “Se Buscan Valientes”. Aunque el rap es un género donde la rivalidad entre artistas suele desembocar en peleas públicas (verbales o físicas), también es cierto que hay muchas formas de entender el rap. Por ejemplo, “A Tribe Called Quest” o “Missy Elliot” tienen rimas donde el mundo no es siempre un enemigo y el último disco del aragonés Kase. O es una oda al amor. La canción de El Langui está hecha con un grandes dotes de síntesis, buenas rimas y fácil de comprender para los escolares. Lo que sí me llama la atención es que no hayamos hecho una campaña similar con una buena canción mucho antes. Sobre todo, teniendo en cuenta que muchos músicos -especialmente norteamericanos- han sufrido acoso escolar o, al menos, no encajaban en la tribu lo que siempre te convierte en una especie de sospechoso. Recuerdo haber leído entrevistas con Trent Reznor de N.I.N., Kurt Kobain de Nirvaba o Billy Corgan de Smashing Pumpkins sobre ese asunto.

Además, ahora el acoso es peor que antes de la era de las redes sociales. Hace años, si a uno le acosaban en la escuela, cuando llegaba a su casa, podía escapar de ese infierno. Pero ahora te persiguen hasta la mesita de noche, no hay escapatoria. Yo, que siempre he tenido la facultad de estar en dos bandos (no al mismo tiempo, claro), sé lo que es sentirte parte de la manada atacando. Es el poder. Es la seguridad total. Y también he tenido la desgracia de recibir bastante. Y el miedo que uno pasa es aterrador. Es puro pánico. Muchas veces, el único refugio que te quedaba era llegar a casa y escuchar a los Beatles que, de pronto, se convertían en tus amigos más cercanos. El rock era un medicamento. Pero lo bueno de esta campaña es que quiere detener el acoso antes de que sea una enfermedad incurable. Y la canción tiene un destinatario claro que no es ni la víctima ni el acosador sino toda la red de espectadores pasivos y silenciosos, pero imprescindibles para mantener el terror. Viva El Langui.

Olavarría

Dos muertos en el concierto del Indio Solari en Olavarría, a 350 kilómetros de Buenos Aires. ¿Por qué aún hay muertos en un recital? Esto es difícil de entender desde España, que acude a sus viejos ritos del rock emocionalmente anestesiada. Argentina vive a flor de piel sus manifestaciones colectivas. No hay nada en otro lugar del mundo que se pueda comparar al frenesí que despiertan ciertas bandas. Por ejemplo, el Indio Solari (ex vocalista de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota) ha creado en torno a su figura un culto masivo y sus conciertos se conocían -y conocen- como “misas ricoteras”. Además, hay dos factores que aumentan su enigma: sus letras crípticas y que apenas concede entrevistas. Y, hace un año, anunció que padecía el mal de Parkinson y que sólo ofrecería un concierto anual. Pese a que su enfermedad ha sido puesto en duda por Skay Beilinson, co-líder en Los Redonditos, sus seguidores sienten que cada concierto puede ser el último. A todo esto esto hay que añadir que existe un componente megalómano desmesurado en el rock y el deporte argentino. Es, por ejemplo, la obsesión del Indio Solari de hacer el “pogo más grande del mundo”. Y es que Argentina vive al límite del entusiasmo y todo tiene que ser “el gol del siglo”. Nada puede ser gris. ¿Y quién hace que un concierto sea irrepetible? Los fans.

En Argentina, el público está cautivado por su propio poder colectivo, y su falta de protagonismo en la vida civil es recuperado en las gradas y en el rock. Por ejemplo, cuando los Rolling Stones tocan en Argentina, es Mick Jagger quien tiene el privilegio de actuar frente al “mejor público del mundo” y no al revés. Así que, en Olavarría, se esperaban 150.000 personas y accedieron entre 300.000 y 400.000. Mucha gente sin entrada viaja igual, porque saben que tarde o temprano terminarán pasando al recinto. Ahí es donde entra el componente más peligroso de todos: la ausencia del estado y el fracaso absoluto de las instituciones. Aunque yo he tocado en condiciones inmejorables, no hay una voluntad decidida de hacer cumplir las normas ni, por supuesto, de cumplirlas, situación que afecta, sobre todo, a la política o la justicia. Por poner un ejemplo futbolero, nos llamaría la atención si comparásemos el tiempo que se tarda en desalojar un estadio en Argentina u otro aquí de capacidad similar. Argentina es el país más apasionado del mundo, está lleno de vida y devora arte, pero se abraza desesperado a su propia desesperación. Ante la falta de un futuro mejor, espera que sus ídolos (Mascherano, Maradona, Charly García…) soporten sobre sus hombros el destino del país. Es la “cultura del aguante”, la que prioriza la capacidad de resistencia frente a cualquier otra cosa. Así, gran parte de la narrativa popular se traduce en un constante: “¡Aguante, Boca! ¡Aguante, River! ¡Aguante, Indio!”. Siento muy cerca a Argentina, y es que jamás hay que olvidar que, en España, todos pudimos haber nacido argentinos.

Rodrigo y Pelayo

Pasó el huracán Rodrigo Cuevas por la Laboral, cantó, no se desnudó y venció. No hay palabras para describirlo. Es tan apabullante y divertido que cuesta asimilar de una sentada todo lo que sucede en uno de sus espectáculos. La tarea que se trae Rodrigo Cuevas entre manos tiene una dimensión mucho más grande de lo que en principio parece. Rodrigo es el autor postmoderno del momento. Es pura frontera, es juego, y se mueve entre varios polos sin negar ninguno. Partiendo de la tradición del folk asturiano, la retuerce y le añade más lecturas. La bastardea con mucho respeto, pero, sobre todo, con gran conocimiento de causa. No está tan alejado de lo que hacía Picasso con el románico. Es capaz de combinar un tema tradicional asturiano con una cadencia frigia (andalusí), un ritmo tecno, una letra pop o polirritmias de resonancias africanas. Y lo consigue sin que nadie se sienta ofendido. En parte, es gracias a su dominio magistral de las tablas, al humor y a su carisma.

Ha hecho lo mismo que los trovadores o los cantantes de blues de los años veinte: conseguir que las reinterpretaciones de las canciones parezcan creaciones nuevas. Y hace que su heterogéneo público se sienta partícipe de algo. Tiene toda la lógica, ya que lo que está haciendo Rodrigo es revitalizar un patrimonio común, devolver a la gente lo que es suyo. Juega además la baza de la ambigüedad con acierto, y es en esos momentos cuando haciendo caso a los deseos de El Presi, Rodrigo saca su lado más de revista. Pero sus dos grandes armas musicales son el teclado y su voz. El teclado sería el futuro, un instrumento que está mucho menos transitado que la guitarra y aún tiene muchos caminos abiertos. De hecho, ha sido herramienta principal de quienes han querido huir de la pesada losa de la tradición rock. El pasado sería su imagen: liguero, madreñes, falda, el bigote, el mantón de Manila, los claveles… Aunque la manera de combinarlos es novedosa, los elementos en sí son antiguos. Y el presente sería su maravillosa, templada y bien colocada voz. La modula bien, es sensual en lo erótico y pícaro del cuplé, suave al hablar, fuerte y potente en la tonada y convincente en su discurso. Es el elemento unificador de todo lo que hace y la que convierte en realidad todo su potencial. Por supuesto, aún quedan cosas por pulir, como el ritmo del concierto o esa arriesgadísima versión de Tino Casal que aún necesita cuajar. Pero alguien que en un concierto usa la palabra “heteronormativo” sin que la gente se espante, merece una estatua al lado de la de Pelayo.

Último concierto

¿Qué se esconde detrás de las relaciones de una banda de rock? ¿Qué es lo que mantiene unido a un grupo de música? En la película “El último concierto” (“The last quartet” en inglés, 2012), del director Yaron Zilberman, se muestran las intimidades de un cuarteto de cuerda en el que uno de sus miembros siente la amenaza del Parkinson. A partir de ese momento iremos descubriendo que el engranaje que sostiene al cuarteto se basa en un delicado equilibrio del que no siempre han sido conscientes. Bastará con que una mínima partícula se mueva para que cambie todo el ecosistema de esas cuatro personas. Sus perfiles son diferentes y casi antagónicos, pero, cuando surge la posibilidad de que el violonchelista, que funciona como clave de bóveda, pueda abandonar el grupo debido a su enfermedad, no salen a colación las frustraciones o ambiciones íntimas. Resulta conmovedor el momento en el que el segundo violín expresa sus deseos de tener más momentos de protagonismo junto con el primer violín…hasta que se da cuenta de que ser el mejor segundo violín es una tarea dificilísima y que, gracias a él, todo el conjunto brilla.

También está el asunto de la paternidad (y, sobre todo, la maternidad), ya que la hija del matrimonio del cuarteto (la viola y el segundo violín) le reprocha a su madre que se pasen de gira siete meses al año. Es más, le cuesta entender que las mayores preocupaciones de sus padres circulen en torno a un golpe de arco o un vibrato y no en torno a ella. Todo se va desarrollando con el Opus 131 de Beethoven de fondo. Esa obra, en lugar de tener cuatro movimientos, consta de siete, dura unos cuarenta minutos y, además, el compositor indicó que debía interpretarse toda seguida, sin pausas. Si se hace de esa manera, no hay posibilidad de parar a afinar y hay que ir ajustado la presión y posición de los dedos y el arco para compensar el progresivo desafinado del instrumento. Por tanto, no sólo hay que estar pendiente de cómo desafina uno mismo, sino también del resto del grupo. Una metáfora perfecta de la vida, pero, sobre todo, de cómo funcionan los grupos, los equipos, y de cómo quien sepa mantener el equilibrio tendrá mayores posibilidades de alcanzar altas cotas de belleza y de permanecer a lo largo del tiempo. Lo hermoso de la película también reside en la gran cantidad de referencias artísticas, como el uso de los poemas de T.S.Eliot, la canción “Marietta’s Song” de Korngold, la anécdota real de Pablo Casals que es una lección de vida o la visita al Rembrandt de la colección Frick. Último concierto que es el primero.

En blanco

Este pasado fin de semana fue el Cinefranca en Villafranca del Bierzo. Es un festival pequeño hecho con mucho gusto donde, además de disfrutar de buenas películas, tienes a tu disposición la apasionante gastronomía de la zona así como las bondades de la uva mencía. Las películas se proyectan en un pequeño teatro que añade encanto e intimidad. Además, hay charlas y coloquios (estuvo Elvira Lindo) y cada película está precedida por una ilustrativa presentación. Este año la temática común era el amor, pero hubo dos que tenían la música como protagonista. Una es “Carta de una desconocida” (1948), inspirada de una forma libre en el libro de Stefan Zweig del mismo título, y la otra es “Alta fidelidad” (2000), basada en la novela homónima de Nick Hornby. Aunque ambas tratan del amor, lo hacen empleando la música como metáfora y vehículo narrativo. “Carta de una desconocida” es una joya en blanco y negro ambientada en la Viena de principios del siglo XX y aborda la compleja vida de una mujer que está completamente enamorada de un conocido pianista. Él, por supuesto, es un dandy con gran éxito con las mujeres y no se da cuenta de su presencia.

Pero entre tanta pasión secreta y extrema, se afronta un asunto que no es muy frecuente: el del talento y el potencial no desarrollado. El pianista había sido un niño prodigio, pero cuando crece es incapaz de asumir sus responsabilidades como músico y no logra estar a la altura de las expectativas creadas en torno a él. Es un eterno adolescente y se comporta igual en sus relaciones amorosas. En “Alta fidelidad” sucede algo parecido. Rob es el dueño de una tienda de discos y vive a través de las canciones de sus ídolos. Confecciona listas de canciones favoritas y también de sueños imposibles. Vive en una burbuja, de espaldas al mundo real. De hecho, se le presenta la oportunidad de lanzar el disco de un grupo joven y, a la hora de sacar el proyecto adelante, titubea. La gran diferencia entre las dos películas reside en que, mientras que en “Carta de una desconocida” el pianista es incapaz de crecer, en “Alta fidelidad”, Rob recapacita y, apoyado en su pasión por la música, da un paso al frente y la música en vez de servirle como refugio, la valdrá como motivación para comprometerse de verdad con lo que ama. Cine y música, combinación insuperable.

Eurofans

La última gala de TVE para escoger al representante español que va a Eurovisión fue uno de los momentos televisivos del año. Sobre todo, porque TVE descubrió que Eurovisión, si bien no tiene audiencia, cuenta con algo mucho más importante: los eurofans. Para ellos este concurso es una parte muy importante de sus vidas y dedican horas y muchos esfuerzos para seguirlo, decidir a sus favoritos y votar. En esta esta edición, lo que sucedió fue que tras el recuento final de votos (mezcla del voto popular y del jurado) se produjo un empate entre dos concursantes. Así que fue el jurado quién decidió quien iba a Eurovisión y no el público. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Se cobra a la gente por votar, pero no por decidir.

¿Y quién era el jurado? El triunvirato estaba compuesto por Xavi Martínez, locutor de “Lo+40” que tuvo la imprudencia de intercambiar amistosos twits con el manager del cantante que terminó siendo ganador. Javier Cárdenas, ya conocido y haciendo de sí mismo con su desparpajo habitual. Y también estaba Virginia Díaz de Radio 3, también presentadora de “Cachitos de hierro y plomo”. Virginia, para mi sorpresa votó las peores canciones y no apoyó en nada a Paula Rojo y Maika que, en ese contexto, creo que eran los temas más originales, con mejores desarrollos armónicos y letras algo más trabajadas sin dejar de ser comerciales. Una vez que el jurado escogió al ganador -la opción del público era otra- invitaron al vencedor a cantar un tema que pide una guitarra para interpretar su tema. Como esto no es la organización de la final de la SuperBowl, no encuentran el instrumento. En esos momentos de confusión y espera, el público, irritado por la decisión final del jurado, protesta, grita y se oyen con mucha fuerza los gritos de “tongo” y “vergüenza” mientras que el jurado y el presentador -Cantizano- ponen cara de circunstancias sin ser capaces de justificar lo injustificable. Y es que están acostumbrados a tratar con un público muy complaciente y adormilado (como el de Radio 3, “Mira quién baila” o el de 40 Principales) y no saben que para mucha gente la música (o este concurso) no es una cuestión de hacerse el guay sino que para ellos es parte importantísima de sus vidas. Fue muy vergonzoso que TVE estafara al eurofan de esa forma. Y con dinero público.

Radio negra

En los años 60 fueron los músicos británicos quienes descubrieron a los norteamericanos sus propios músicos negros. Gracias a los Beatles, Rolling Stones y demás luminarias, un gran número de estadounidenses supieron quienes eran BB King, Muddy Waters o Larry Williams. Sin embargo, no es Inglaterra una nación que trate demasiado bien a la música de color. En especial a la que se hace en su propio país. Y eso que, según artistas como Kele Okereke, de Block Party, la mayor creación musical británica desde el punk es el “grime”, un estilo negro. En la radio inglesa la emisora Choice FM, depués conocida como Capital Xtra, no sólo radiaba música negra de todo tipo, sino que también tenía programas, como el que presentaba el humorista Geoff Schumann, en el que se trataban de problemas que afectaban a la comunidad negra. Pero, desde hace cuatro años, Capital Xtra se ha ido desprendiendo de todos sus especialistas en música negra (grime, soca, gospel). Es más, poco a poco, otras emisoras han ido cambiando su definición. Por ejemplo, hasta 2010, la emisora 1 Xtra se definía como “Love Black Music, Love 1 Xtra”; ahora ha pasado al más generalista “Xtra Hip Hop. Xtra R&B”.

Puede que sea una forma de hacerla más accesible, pero se elimina toda connotación racial, toda apelación a la comunidad. Además, las radios con licencia que ponen música negra sólo emiten la versión más atenuada, edulcorada (jamás emiten jungle, por ejemplo), con lo que sólo las radios piratas pueden ofrecer sonidos más atractivos o arriesgados. Estas emisoras piratas ya no emiten desde barcos, como en los años 60, sino desde lo alto de bloques de edificios. Algunas de esas emisoras trataron de hacerse legales. El problema es que las licencias son carísimas, no siempre se conceden, y las multas por no tenerlas pueden ser enormes. El fundador de una emisora reggae, tuvo que pagar en menos de doce meses 11.000 libras y fue advertido de que podía enfrentarse a penas de cárcel. El racismo con la música negra en UK no está sólo en la radio. Por ejemplo, si alguien quiere organizar una fiesta en un club londinense, debe rellenar un documento para la policía metropolitana (el formulario 696) de donde indique la raza de los asistentes. También tiene que indicar de qué estilo va a ser el concierto o la música y, curiosamente, las opciones que dan para escoger son sólo de música negra. A partir de ahí, se ponen excusas de cualquier tipo para cancelar el evento, se hacen redadas constantes o se exige al organizador que contrate más seguridad (con el gasto añadido que eso supone) como medida de presión. ¿Alguien se extraña del Brexit?

El Cid del pop

Ya conocemos la historia de cómo Michael Jackson se quedó con los derechos editoriales de The Beatles por 47 millones de dólares en 1985. La dura realidad para Paul es que, cada vez que se interpreta o reproduce un tema de los Beatles, Michael Jackson antes, y ahora Sony Corporation, ganan más dinero que él. Por ejemplo, con “Yesterday”, Paul recibe un 25%, ya que comparte autoría con John Lennon (Yoko Ono, como heredera de Lennon, recibe el otro 25%). Lennon y McCartney tenían un acuerdo que implicaba firmar las canciones a medias aunque las hubieran compuesto individualmente, como era el caso de “Yesterday”, entera de Paul. En cambio, Michael Jackson, como propietario de los derechos editoriales, se llevaba el 50% de cada canción. Lo más trágico de esta historia es que fue el propio McCartney el que aconsejó a Michael Jackson que invirtiese en derechos editoriales. Por eso se sintió traicionado con la jugada de Michael. Pero quien a hierro mata, a hierro muere, y Michael se las tuvo que ver con Tommy Motola, presidente de Sony, el sello que editaba a Michael. A mediados de los noventa, Michael estaba metido en una espiral de gastos desmesurada y, como Esperanza Aguirre, no llegaba a fin de mes.

Fue entonces cuando vendió la mitad de los derechos editoriales de los Beatles a la editorial de Sony. La otra mitad terminó sirviendo en el futuro para pedir un crédito al Banco de América, y -cuidado aquí- avalar los gastos de grabación (30 millones de dólares) y promoción (25) de “Invincible”, su disco de 2001. Es decir, si no devolvía el dinero al Banco o Sony no recuperaba el dinero invertido con las ventas del disco, Mi hael Jackson perdería el control de los derechos editoriales que aún estaban en su mano. Justo en esa época, Michael revisó sus contratos con Sony, vio cosas que no le gustaban y anunció que dejaría Sony. Tommy Motola, que no se anda con tonterías, a los cinco meses de editar “Invincible” decide retirar la promoción del disco ¿Cuál era su objetivo? Pues estrangular económicamente a Michael para éste se viera obligado a deshacerse del 50% de los derechos editoriales y que Sony Corp tuviera el 100%. Michael se libró de la ruina total gracias a sus fieles fans (vendió 14 millones de discos) y unas complicadas operaciones bancarias, pero sólo pudo terminar de pagar todas sus deudas cuando se murió. Como El Cid del pop.