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El gallo

Pues si, mucha risa con Manel Navarro en Eurovisión, que si cero puntos, que si vaya ridículo que ha hecho España con su último puesto -que al final, es lo que preocupa-, pero al final, hay un artista con su carrera al borde del barranco y un dineral público tirado a la basura. Aunque no se sabe con exactitud el gasto total, se conoce el canon que TVE paga a Eurovisión (unos 350.000 euros). No es mala inversion para un artista que, en última instancia, fue escogido por un miembro del del jurado que, además, es locutor de una importantísima radio y llevaba semanas promocionamdo a Manel en sus ondas. A eso se llama diaparar con pólvora ajena. Manel no fue escogido por el público español para ir a Eurovision. Hasta el doble de personas votaron a otra artista antes que a Manel. Pero el peso del jurado en la decisión final era enorme, un cincuenta por ciento y, además, tenían la llave en caso empate, como así fue. Es decir, las sospechas de tongo sobrevolaron su elección y levantó muchas ampollas en un país muy castigado por el enchufismo. Sobre todo, porque es dinero de todos. Pero, ademas, ¿Es bueno que a un artista, apenas formado se le envíe a luchar en Europa con una canción tan floja?

Por un lado, está claro que la publicidad que obtiene es enorme, pero el asunto es que si fracasa -como así fue- el único que va a pagar un precio es él. Es decir, sólo Manu va a perder prestigio o posibilidades de desarrollar una carrera larga; el resto del personal va a seguir exactamente igual que estaba. Así, el jurado, el presentador, el manager, su discográfica o el famoso locutor continuarán en sus puestos. Ahora, a toro pasado, la culpa del último puesto es exclusivamente de él, de un inoportuno gallo o de que la canción la hubiera compuesto cuando tenía quince años. Si sale bien, ganan todos, si sale mal, es el artista quien se expone. Nadie asume su responsabilidad en el desastre. En la retaguardia no hace tanto frío como en Kiev. Al menos, parece que el chaval se lo toma humor y su carrera incluso podría hasta beneficiarse de esta polémica. Pero si se hubiese partido de una base más sólida y se hubiera enviado a una artista más hecha como Maika o la asturiana Paula Rojo, otro gallo hubiera cantado.

Concierto contigo

¿Alguien ha oído hablar del “Efecto Phil Collins”? Es una expresión que se emplea para explicar que, cada vez que se programa música en televisión, las audiencias bajan ligeramente. Por lo visto, el popular cantante británico estaba haciendo una entrevista de promoción y, cuando interpretó un tema suyo, los espectadores disminuyeron. Jamás he podido he podido comprobar en qué programa sucedió eso ni de qué canción de Phil Collins se trataba. Es decir, puede que sea una leyenda urbana. Sea cierto o no, parece que hay un verdadero pánico en televisión a emitir programas musicales. Sólo hay dos casos en los que la música cuenta con total confianza de los directivos de las televisiones. Uno es cuando el programa tiene que ver con la nostalgia, como en Cachitos de Hierro y Cromo, que las canciones nos recuerdan a esos años en los que éramos jóvenes y sentíamos que aún estábamos descubriendo y devorando la vida. Digamos que es el “Cuéntame” de la música. El otro caso es cuando se trata de un concurso. Por ejemplo, “Operación Triunfo” o “La voz”, que son formatos relacionados con “Gran Hermano” o “Master Chef”. Ahí, lo primordial no es la música, sino la relación entre los participantes y la disputa entre ellos. Se parece más a un partido de fútbol que a una experiencia musical. Así que, mientras aún está por dilucidar si el “Efecto Phil Collins” es real o no, en la TPA, los domingos a las 23.00, se emite “Concierto Contigo”. Es un ciclo de conciertos de bandas asturianas ambientado en distintos bares de Asturias. Estos son “Ca’ Beleño” y “La Salvaje”, de Oviedo, y “Santa Cecilia”, de Avilés. El sonido y la imagen son excelentes y está hecho con cariño y máxima profesionalidad. Además, tiene una característica que lo hace único: las bandas actúan en círculo, mirándose entre sí, para que el espectador tenga la impresión de que está dentro del escenario en vez de enfrente; digamos que la banda está a caballo entre un concierto y un ensayo. Gracias a eso se establece una mayor complicidad con la persona que lo está viendo en su casa. Las bandas participantes son Stormy Mondays, Alberto y García, Hector Braga, Alexandra In Grey y yo mismo. Espero que la audiencia sea buena y que el programa tenga gran continuidad para mostrar, de una forma original, el trabajo musical que se hace en Asturias.

Cuatrocientos

No me lo puedo creer, pero ya llevo 400 artículos escritos para El Comercio en Rugidos de Gato. Comencé a escribir aquí el mismo año que murió Michael Jackson. Pasa el tiempo y Michael Jackson sigue siendo noticia: genera más dinero muerto que vivo. Ese mismo año, además, Ricky Martin salió del armario; pasa el tiempo y ningún futbolista lo ha hecho. 400 artículos dan para mucho, pero aún no han sido suficientes para lograr comprender y descifrar algo de este mundo apasionante y enigmático que es la música. Así que todavía trato de arrojar algo de luz sobre artistas que me gustan y creo que merecen una escucha u otros que, quizá instalados en pedestales desde hace mucho, haya que oírlos de forma distinta y verles los pies de barro. Pero lo que más me apasiona no es fijarme tanto en los artistas, sino en nuestra forma de relacionarnos con ellos, en la manera de escucharlos y apreciarlos. Porque la clave de la música no está en el músico sino en nosotros, en cómo sentimos y escuchamos esas canciones. Por ejemplo, la razón de que una canción signifique cosas distintas para varias personas, dice casi más del oyente que del cantante. A lo largo de estos 400 también he escrito mucho sobre cómo se nos vende la música, sobre su envoltorio. Por eso han sido temáticas muy variadas, como el tratamiento que se le da a la música negra en la radio del Reino Unido, o por qué surgió el estilo musical Turbo-Folk en Serbia, o las razones que llevaron a un músico a componer un Adagio y atribuírselo a un músico fallecido hace siglos (Albinoni). No suelo comentar apenas conciertos, aunque escribí alguna vez sobre alguna ópera ya que, como no soy especialista, creo que ofrecía un punto de vista distinto. Sí que he tratado, en cambio, de informar sobre películas o documentales musicales. Disfruté muchísimo escribiendo una serie de artículos hablando de los aspectos menos visibles de la gira del año pasado con Loquillo. Fue una manera de poner en valor a todos los que trabajan en el menudo del espectáculo y no se ven. Y también hubo tiempo para confirmar, no sólo la vigencia de Tino Casal, sino el nacimiento de una nueva estrella en Asturias, Rodrigo Cuevas, que va muy en consonancia con la filosofía de esta columna: maullido local, pero rugido global.

El móvil y el gramófono

Adoro la adolescencia. Sobre todo la ajena. El asunto es que cambian mil cosas, la tecnología, pero el ser humano es muy parecido al que era ya en el neolítico. A partir de la II Guerra Mundial en la que aparece la figura del “teenager” (en inglés, edad comprendida entre los 13 y los 19 años), el adolescente se sociabiliza a través de una música propia, hecha para ese segmento concreto. Me encanta ver a pandillas de cuatro ó cinco adolescentes escuchando canciones alrededor de un móvil. La escucha colectiva que sigue teniendo un poder aglutinador muy poderoso y cada generación la hace a su manera. Muchos músicos de mi edad se ríen de quienes escuchan música por un móvil por ese motivo: “Oh, escuchan las canciones en un móvil, con lo mal que suena”. Y es que, claro, uno se encierra a grabar en un buen estudio para conseguir la mejor calidad sonora y se encuentra con que a la juventud no le importa tanto el sonido. De lo que no nos damos cuenta es de que escuchar música a través de un móvil es muy similar a escucharla en un gramófono. Suenan muy parecido, casi sin graves, con muchos agudos, casi dolorosos si uno no está acostumbrado. Así que esta supuesta escucha de máxima calidad sólo ha sucedido en un periodo muy corto de la historia.

Dudo mucho que las orquestas de la época de Beethoven tocasen como las de ahora. Y no me quiero imaginar cómo afinaban las orquestas y los coros de provincias del XIX (tan bien descritas en “El hijo único” de Leopoldo Alas “Clarín”). Es posible que fuese algo semejante al horror. Cue do pienso en The Carter Family, el grupo funadacional del country que grabaron sus canciones en 1927, me pregunto “¿Cómo se escuchaban esas canciones?” Pues a través de gramófonos o de radios con un sonido que no es tan distinto del que pueda tener un móvil a todo volumen. Lo curioso en la historia es que lo antiguo y lo moderno se tocan, porque el ser humano es exactamente el mismo ser necesitado de sonido y cariño grupal que hace cinco mil años. Este sábado tocan en la sala Acupulco, Dead  Bronco, una excelente banda de Santander que beben, entre otras muchas fuentes, del country creado por The Carter Family. ¿Cómo sonarían a través de un gramófono?

A golpe de improvisación

Sporting – Espanyol
(El Molinón, Gijón – 25.4.17)

Como una tarde de martes nublado, húmedo y desabrido fue este empate. Un gol gélido del Espanyol dejaba un silencio desesperado de ultratumba. El Molinón acogió la enésima final de esta temporada y, como un pájaro de un mal agüero, sonaba Phil Collins por la mejorada megafonía del estadio antes del partido. Por suerte, hubo un guiño local y pusieron “Chup Chup”, de Australian Blonde, grupo de reconocida filiación esportinguista. En apariencia no venía el Espanyol con una alineación de saldo, sino a perseguir el Dorado europeo, que no es imposible y menos bajo los mandos de uno de los caballeros de los banquillos: Quique Sánchez Flores. Pero el Espanyol pareció jugar a medio gas, sin forzar la maquinaria, como dando por buena una temporada magnífica de un equipo bien cuajado y que en un futuro cercano puede aspirar a grandes metas. Es posible que tuvieran la mente puesta en el próximo partido contra el FC Barcelona, reto que esperan cada temporada como agua de mayo. Para mí, el Espanyol tiene mucho encanto, quizá es por esos recuerdos de los 80 y el aroma a fútbol de antes que desprende incluso su nombre. También es que nuestro guitarrista, Mario Cobo, y Vero Boquete, capitana de la selección española, son pericos irredentos y eso ayuda a mi simpatía. Barcelona no es una ciudad que reparta sus aficiones futboleras casi al 50%, como sucede en la capital española entre el Madrid y el Atlético. La ciudad condal es casi por completo culé y ser aficionado del Espanyol tiene un poco de militancia de resistencia. También ser del Sporting tiene mucho de resistencia, pero no de la que se atrinchera tras una barricada, sino de la que se agarra con una sola mano al borde de un precipicio.

Colgado de un acantilado, se aferra a la Primera División y contempla el desastre desde arriba, casi sin fuerzas, herido y desesperado, defendiéndose de su propio desorden. El Sporting es un caos, no juega de memoria y las ocasiones se generan a base de cierta improvisación, ataques espontáneos de pundonor y unas pocas gotas de talento individual. Se generan ocasiones, pero no demasiado claras; parece que una vez que están cerca de la portería rival no tienen un mapa para poner la bandera del gol. El Espanyol llegó mucho menos a la portería de Cuéllar, pero sus disparos se fueron desviados por muy poco. En el descanso sonó “Livin’ on a Prayer”, de Bon Jovi, un temazo que habla de Tommy y Ginal, una pareja de clase obrera que lucha duro y con fe para salir adelante. Pero el trabajo no lo es todo. Ya pueden decir todos los jugadores y entrenadores del mundo en las ruedas de prensa que “hay que seguir trabajando”, que no es del todo cierto. Hay que trabajar más, por supuesto, pero sobre todo hay que trabajar mejor. En el mundo del rock, las bandas que ensayan mucho no necesariamente son las que mejor suenan. Hay otras que saben lo que quieren, toman nota de sus virtudes así como de sus limitaciones, y trabajan según esos parámetros con un enfoque claro. Poco se va viendo eso a lo largo de la temporada. Cuando terminó el partido, la lluvia cayó con más fuerza que nunca, pero sin que las nubes pusieran mucho interés en ello. El estadio vacío transmitía su pena y las escaleras de El Molinón, con las bolsas de basura negra amontonadas, invitaban a la tristeza. Afuera, los coches de policía emitían sus luces intermitentes y parecía que habíamos regresado de nuevo al invierno. Quedaba como único consuelo el olor de los eucaliptos que susurraba que este empate tal vez termine pareciendo una victoria.

Cantera

Muchas veces me pregunto cuál va a ser el legado que vamos a dejar los músicos de mi generación a los más jóvenes. Y es que todos caminamos sobre las huellas que otros nos dejan. Por ejemplo, yo aprendí de otros a cantar rock and roll en castellano, a cambiar cuerdas de guitarra o controlar el sonido de un amplificador. Mi generación se benefició de otros músicos que abrieron puertas y que con su machete quitaron la maleza para que en la selva de la industria musical, nosotros avanzáramos con más ventajas o no repitiésemos los mismos errores. Me gustaría que la gente que empieza en la música en la actualidad se encontrara con una situación mejor que la mía cuando daba mis primeros conciertos. El caso es que en Asturias, a una persona joven le va a tener más difícil ser músico que a mí hace dos décadas. En apariencia, la situación es mucho mejor. Hay escuelas, estudios de grabación y locales de ensayo que, en comparación con los de hace veinte años son un lujo. Pero, ¿de qué sirve todo eso si una banda joven o un cantautor no tienen garantizados que puedan actuar en un bar?  De nada, ya que se les coarta el crecimiento y la oportunidad de hacerse con un público propio anulando su futuro.

La Ley de Espectáculos del Principado que impide tocar en bares, lo que hace es cargarse la cantera, además de vetar un lugar de trabajo para muchos músicos profesionales. Negar a un artista que pueda tocar en bares es como impedir que un futbolista juegue en un campo de pequeño tamaño. Los bares son un tipo de recinto imprescindible en la música. Son ideales porque su aforo permite una interacción muy beneficiosa entre músicos y también con el público o los periodistas. Es en esa fragua donde se forjan a fuego lento los primeros espadas del futuro. Además, un buen circuito de bares de conciertos es positivo para todo el mundo: músicos, aficionados, escritores, hosteleros, medios de comunicación, la salud cultural de la ciudad y, por supuesto, vecinos que, además, necesitan que se les garantice el descanso. Se han recogido más de catorcemil firmas para cambiar esa ley. Si no se modificase, dejaremos a la cantera, a la juventud y a quienes viven de esas actuaciones, mucho peor que cuando nosotros empezamos. Y una sociedad no puede permitirse el lujo de caminar hacia atrás

 

Marshall

Ha muerto Jim Marshall a los 88 años de edad. Era el famoso constructor británico de unos amplificadores que definieron el sonido del rock. Sobre todo del rock de los setenta, ese rock sucio y poderoso derivado del blues rock que tuvo a Jimmy Hendrix y a Jimmy Page como principales protagonistas. Entre sus famosos usuarios están Kiss, Slash de Guns N’ Roses y hasta el guitarrista de la película Spinal Tap, cuando explica cómo su amplificador es mejor porque su tope de volumen no llega al 10 sino al 11 emplea esa marca. Jim Marshall había empezado tocando la batería y fue profesor de ese instrumento (el batería de la Experience de Hendrix entre sus alumnos). Tuvo una tienda de instrumentos especializado en baterías, y el trato que daba a sus clientes era tan cercano que los guitarristas también empezaron a ir a por su material. En aquella época, a los músicos de rock se les miraba con desprecio en las tiendas de música. Cuando yo era joven, en las tiendas de música –y a veces de discos- si no eras muy conocido o no te dejabas un pastón, las jerarquías se dejaban sentir: no eras bienvenido. Había excepciones, Musical Marcos (Oviedo) o Musical Norte (Gijón) que te abrían sus puertas como si fuera su casa. Así que en Londres, con Marshall tuvieron alguien en quien confiar. Y a quien pedir lo que necesitaban.

Llegó la guerra del volumen: Pete Townshed de los Who quería una pantalla de amplificación con ocho altavoces de doce pulgadas cada uno. Se trataba de aplastar al público con el volumen. Marshall, viendo que eso sería imposible de transportar, le hizo dos pantallas de cuatro altavoces cada una. Se podían poner juntas. Después llegaron bandas que cubrían todo el fondo de escenario con esas famosas pantallas. Pero en el volumen estuvo también el fallo de Marshall: una de las peticiones más habituales a la empresa era que se pudiera conseguir el sonido clásico de Marshall con mucho menos volumen. De hecho, mi Marshall JCM 800 me lo revendió Jonte de Queen Bitch por su excesivo volumen. Demasiado para bares y locales de ensayo. El otro problema de los Marshall es que los nuevos modelos sonaban cada vez peor. La única grabación que hice con pantalla Marshall fue con una de 1972. Pero lo magistral es ver cómo la tecnología define y ayuda a crear un sonido. Y una cultura.

Prohibido tocar

Hay algo que muy poca gente sabe sobre la música en directo en Asturias: no está permitido tocar en bares. Es decir, está prohibido actuar en un bar. Puede parecer extraño, pero esa es la realidad. Sólo se puede actuar en discotecas, circos, salas de fiestas, museos e incluso bibliotecas, pero no en bares. El caso es que el 90% de los músicos aficionados o profesionales actúan en bares y, por tanto, desarrollan una actividad ilegal. Se puede pensar que esto es por una cuestión de ruido, para no molestar a los vecinos cercanos. No tiene nada que ver. Por poner un ejemplo, en el mítico Danny’ s Jazz Club de Oviedo se puede pinchar el disco “Kind of Blue” de Miles Davis si éste no supera los 90 decibelios (dBs). Pero un combo de jazz, en el mismo local, no puede interpretar el “Kind of Blue” en directo. Da igual que lo haga a 90 dBs o a 80 dBs. La policía tiene derecho a impedir que el concierto empiece, como ya ha sucedido alguna vez. El decreto 91/2004 de la Ley de Espectáculos del Principado les ampara. No importa que no moleste a nadie, y menos en el Danny’s, que está insonorizado para 100 dBs -es decir un nivel de gran recinto, mucho más de lo necesario-. La norma afecta a todo el Principado, aunque el gran problema ha surgido en Oviedo con la Asociación de Vecinos del Antiguo (que representa a unas 230 familias) que, erigidos en portavoces únicos de una zona de 4.000 habitantes, imposibilitan toda tarea musical. Y no es un problema de ruido, insisto.

Los intereses para que no se pueda tocar son inexplicables. Es necesario modificar la Ley de Espectáculos (ya hay más de 14.000 firmas conseguidas) para permitir tocar en bares que desarrollan una labor básica en cuanto a entretenimiento, tejido cultural y motor económico. Se trata de una batalla en toda regla porque niega el derecho fundamental al trabajo a numerosos músicos sin perjuicio de nadie. La preocupación para que no se toque en bares llega tal punto que, temerosos de que dicha ley se modifique, desde la Concejalía de Urbanismo del Ayuntamiento de Oviedo anuncian ahora que hay que insonorizar a 100 dBs. Se basan en una Ley de Medio Ambiente de 1985 que es previa a la de espectáculos, no está hecha para bares y, encima, es orientativa. Puro papel mojado. Empieza otra batalla cultural.

Llegar a tiempo

Dice mi madre: “Val más llegar a tiempu que rondar un añu”. Nunca supe muy bien lo que quería decir y hasta llegué a pensar que escondía algún significado oculto. Al final, más o menos me he enterado y creo que se refiere a la importancia del sentido de la oportunidad. Esto lo vemos muy bien en el mundo de la música. Y es que para tener éxito o cierta relevancia, no sólo hay que tener buenas canciones sino que estas deben difundirse en el momento adecuado. No hay demasiados artistas capaces de capturar o reflejar eso tan intangible del “zeitgeist” (el espíritu de una época). Los Beatles lo consiguieron e incluso se anticiparon un poco, pero nunca tanto como para desmarcarse de su propia era. Los Sex Pistols cayeron sobre la faz de la tierra como si hubieran estado hechos por encargo y “OK Computer” de Radiohead es una radiografía perfecta del vacío postindustrial de fin de siglo. Pero hay bandas que además de vivir esta situación, también han estado en la contraria.

El caso más flagrante es el de Elastica. Su primer álbum fue, en su momento, el debut que más rápido se había vendido en Inglaterra. Era el año 1995, en plena batalla del Brit Pop entre Oasis y Blur. Las referencias de las bandas del momento eran The Kinks, Beatles, Roxy  Music, Rolling Stones, Madness, Smiths o el Bowie más glam. Nostalgia británica. Pero Elastica, sin embargo, copiaban a The Stranglers y Wire. Y más tarde a The Fall. Lo mismo, pero de manera inteligenge. Fue soplo de aire fresco en medio de la autocelebración británica. Eran elegantes y escribían canciones muy cortas, muy pegadizas y llenas de humor. Sus dos líderes, además, eran de clase alta (Justine Frischmann) y de clase baja (Donna Matthews), así que en una misma banda tenían su propia lucha de clases. Ese disco debut es intachable, pero tardaron cinco años en editar su siguiente álbum, “The Menace” y cuando salió, su momento había pasado, la críticas fueron tibias, vendió poco y al año siguiente se separaron. Sin embargo, aunque su debut es redondo, suena a una época muy concreta, como si estuviera congelado. Es un disco-vaso: una vez que lo bebes ya nopuedes obtener nada más de él. En cambio, aunque no tiene grandes estribillos, “The Menace” es agresivo, electrónico, muy muy punk, apunta hacia muchas direcciones y suena como les gustaría sonar a la bandas actuales que quieren ser modernas. Es decir, es un disco-pozo: aunque el agua está más lejos, nunca se agota. El asunto es que cuando tienes sed, quieres beber a tiempo. Tras rondar un año, ahora entiendo a mi madre.

Se buscan valientes

Ha partido de Mediaset una brillante campaña contra el acoso escolar llamada “Doce Meses”. Resulta curioso que lo haga Mediaset cuando muchos de sus programas no sólo poco edificantes sino que escupen mala educación y agresividad verbal a raudales. Pero es justo reconocer que la campaña merece la pena. Además, El Langui ha compuesto un tema para la ocasión “Se Buscan Valientes”. Aunque el rap es un género donde la rivalidad entre artistas suele desembocar en peleas públicas (verbales o físicas), también es cierto que hay muchas formas de entender el rap. Por ejemplo, “A Tribe Called Quest” o “Missy Elliot” tienen rimas donde el mundo no es siempre un enemigo y el último disco del aragonés Kase. O es una oda al amor. La canción de El Langui está hecha con un grandes dotes de síntesis, buenas rimas y fácil de comprender para los escolares. Lo que sí me llama la atención es que no hayamos hecho una campaña similar con una buena canción mucho antes. Sobre todo, teniendo en cuenta que muchos músicos -especialmente norteamericanos- han sufrido acoso escolar o, al menos, no encajaban en la tribu lo que siempre te convierte en una especie de sospechoso. Recuerdo haber leído entrevistas con Trent Reznor de N.I.N., Kurt Kobain de Nirvaba o Billy Corgan de Smashing Pumpkins sobre ese asunto.

Además, ahora el acoso es peor que antes de la era de las redes sociales. Hace años, si a uno le acosaban en la escuela, cuando llegaba a su casa, podía escapar de ese infierno. Pero ahora te persiguen hasta la mesita de noche, no hay escapatoria. Yo, que siempre he tenido la facultad de estar en dos bandos (no al mismo tiempo, claro), sé lo que es sentirte parte de la manada atacando. Es el poder. Es la seguridad total. Y también he tenido la desgracia de recibir bastante. Y el miedo que uno pasa es aterrador. Es puro pánico. Muchas veces, el único refugio que te quedaba era llegar a casa y escuchar a los Beatles que, de pronto, se convertían en tus amigos más cercanos. El rock era un medicamento. Pero lo bueno de esta campaña es que quiere detener el acoso antes de que sea una enfermedad incurable. Y la canción tiene un destinatario claro que no es ni la víctima ni el acosador sino toda la red de espectadores pasivos y silenciosos, pero imprescindibles para mantener el terror. Viva El Langui.