Sin guión ni director

Temporada 2017 / 2018 – Segunda División
Sporting 0 – Cádiz 1 (El Molinón, Gijón – 19.11.17)

Antes de que comenzara el partido, sonaron  “Rompeolas” y “Welcome to the jungle” en El Molinón. Son dos canciones que se escucharon como bienvenidas. Ambas evocan un mundo de promesa y esperanza. El mar rompiendo contra el muelle, y la bienvenida a la jungla. No sé quien escoge la música en el templo del Cantábrico, pero está en racha. Y yo, por fin, en El Molinón. Había llegado el día anterior tras quince días fuera de casa, con un concierto el viernes en Orihuela, tierra de Miguel Hernández. Pero, al final, las canciones pesaron menos que la humedad de Gijón que se incrustó en nuestras almas como un 0-3 en casa. Fue bello el reencuentro en la sala de prensa con Javier Barrio, Andrés Maese y Enzo Ferrero, pero poco duró la alegría. Lo que llevaba tiempo percibiendo por la pantalla, lo pude comprobar en El Molinón: el Sporting no tiene el balón y cuando lo consigue, lo pierde con una facilidad pasmosa; no sólo con los pases en corto sino con los desplazamientos en largo que son un camino vacuo para solventar la carencia de ese jugador creativo. Hay buenos jugadores, pero a muchos de ellos les falta cierto caracter, voluntad para imponerse en un escenario y dominar el tiempo. Se precisa alguien que se ofrezca, Bergantiños no lo puede hacer todo. Y Barba no es suficiente para cerrar todas las vías por donde entra el agua. No hablo de invocar a la famosa testiculina que, a la larga, no aporta demasiado. Pero sí falta alguien que transmita a sus compañeros cierta fe y contagie ilusión. También vi que Stefan juega con un sentido y una intención increíbles y que su control de la pelota es única en este equipo. Va un segundo antes que el resto y, de hecho, tiene condiciones para ser ese centrocampista creativo que tanto se echa en falta.

Una gran pitada en el descanso despidió a los jugadores de camino al vestuario. Y al poco sonó “The Rising” de Springsteen, que estuvo tres veces, tres, en El Molinón. Quizá fue un intento de inyectar energía a los jugadores. O tal vez fue un mensaje al público que estaba verdaderamente enfadado con el equipo. Pero no funcionaba nada, en especial el medio. Rubén, Moi Gómez y Carmona estaban especialmente torpes en el pase y el Sporting cada vez era más gris. Todo era torpeza, lentitud y una dificultad mayúscula para sacar el balón jugado. Incapaz de robar un balón y de presionar con criterio. Santos, además, estaba haciendo la guerra por su cuenta. Desesperante es la palabra. Y el Cádiz no es que ofreciese gran cosa, pero era afilado por las bandas y un escudo en el medio. Justo lo contrario que el Sporting, que era débil en los flancos (en ataque y en defensa) y también era incapaz de avanzar por el centro. No tenía un guión claro. Más o menos lo mismo que estos últimos meses, pero sin el acierto matador o las ocasionales jugadas geniales de otras veces. La magia de los actores ya no consigue salvar una película sin guión ni director y el galán de turno no es garantía de éxito en taquilla. Se llama a Pablo Pérez y a Rachid, promesas jóvenes, en las peores circunstancias, para salvar un filme que ya hemos visto demasiadas veces. Pero la gente, antes de que terminara el partido, abandonó su butaca enfadada con los huesos heridos de la humedad. Pensaron que para ver este final, era mejor quedarse en casa. Todos se acordaron de Sergio, y Barral del Sporting.