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Zapatos de Gamuza Blanquiazul

ZAPATOS DE GAMUZA BLANQUIAZUL
– por Igor Paskual

«El gran desafío cuando creces es mantener los ideales después de perder la inocencia, creer en el espíritu humano tras chocar con las limitaciones de la vida adulta.»
Bruce Springsteen. Londres, 1988.

“First cut is the deepest”

El mayor dolor de tu vida no tiene porqué haberlo causado algo “importante”. Por “importante” solemos entender la pérdida de un ser querido, una infidelidad de tu pareja o la traición de una amistad. Ese tipo de razones suelen ser merecedoras de padecer un enorme sufrimiento. Pero, a veces, lo que más te duele tiene que ver con causas, en apariencia, superficiales. Perder el osito de peluche de cuando eras niño, que con quince años no te dejasen ir al concierto de tu grupo favorito o que tu amor secreto del instituto se besara con alguien que no eras tú pueden convertirse en auténticas tragedias. La primera y mayor decepción de mi vida fue culpa de unos futbolistas de mi equipo del alma. El resto de sinsabores que sentí a partir de ese momento han sido variaciones más o menos mitigadas de ese primer y más profundo corte. Nunca lo hablé con nadie hasta muchos años después porque, por aquel entonces, yo era un niño muy tímido incapaz de hablar de ese dolor que aún hoy me sigue a todas partes.

“The in-crowd”

Luis Miguel Arconada Echarri es mi mayor ídolo, por encima incluso de David Bowie. Arconada era el guardameta y capitán del mejor equipo del mundo, la Real Sociedad de San Sebastián, y, para quien no lo sepa, ser de ese club era mágico. Muchos pueden pensar ahora que la Real Sociedad es un equipucho de esos que sólo aspiran a permanecer en primera división, igual que hay personas que creen que Stevie Wonder es únicamente el señor que hizo el anuncio de “si bebes no conduscas”. Pues no, Stevie Wonder es lo más parecido a Mozart que haya habido en los últimos cincuenta años y la Real Sociedad de la década de los ´80, liderada por el mejor portero que había sobre la faz de la tierra, fue un equipo que ganó dos Ligas, una Copa del Rey y llegó a semifinales de la Copa de Europa. En la Real Sociedad no podía jugar cualquiera, tan sólo aquellos que habían nacido en el País Vasco.

“Dirty old town”

Yo vivía en las afueras de San Sebastián, en Herrera, un barrio obrero del que sólo recuerdo un parque de piedrecitas y nuestro edificio blanco que llamaban “la casa de las ikurriñas” por el gran número de banderas de Euskadi que se colgaban en las ventanas cada vez que había una manifestación, o sea, unos 365 días al año. Éramos vecinos de los padres de Kepa Aulestia, aquel político de Euskadiko Ezquerra que siempre me resultó tan querido, sobre todo porque sus padres eran encantadores y me enseñaron el poco euskera que hablo. Mi infancia transcurrió entre ese parque de piedras diminutas, las subidas con mis padres al monte Txindoki y las eternas partidas de cartas de mi abuelo. Sus trofeos de tute y de mus eran los únicos signos externos de victoria que había en mi casa.

“Let there be rock”

La Real era como el aire: estaba allí desde el principio. Yo no me hice de la Real Sociedad, nací siendo de ella. En cambio, sí recuerdo cuando vi por primera vez el poderoso rostro guipuzcoano de Arconada. Fue en la televisión, en un anuncio de after-shave, y le pregunté a mi madre que quién era ese hombre, ya que su carisma no pasaba desapercibido ni para un niño. Mi madre dijo: “hijo, es Arconada, el portero de la Real”. Y el mundo cobró sentido. Se hizo la luz y el rock nació. El cosmos se puso en orden y, de pronto, del blanco y negro de mi parque de piedras y los trofeos de mi abuelo se pasó al color de los ídolos. ¿Cómo era posible que los astros se hubieran conjurado para hacer que ese tipo fantástico fuese también el portero de mi equipo? La perfección y la felicidad existían y, encima, estaban de mi lado.

“North country boy”

Por dos veces llegamos los primeros. El primer campeonato de Liga fue épico hasta el delirio porque se ganó en dura pugna con el Real Madrid de los árbitros y Juanito en el último segundo del último partido en el Molinón. Empate a dos con el Sporting de Gijón que, con ese resultado ya podían disputar la UEFA y nosotros nos llevábamos la Liga. No estaba nada mal para unos equipos de provincias. Mi madre y mi abuelo, asturianos de Lastres y del Sporting, felices, y mi padre, del Athlétic de Bilbao, al que le faltaba poco tiempo para celebrar un par de Ligas y una Copa, ya había cumplido de sobra con su función de padre llevándome a mi primer derby vasco. Éramos del norte y ganábamos. La vida era bella.

Es difícil explicar cómo era nuestra existencia a principios de los ´80, pero la recuerdo plomiza, con los padres ahorrando cada peseta y tratando de abrirse camino a base de mucho trabajo, esfuerzo y austeridad. ¿Era esto todo lo que la vida nos podía ofrecer? Parecía que sí, pero los triunfos de la Real compensaban la falta de éxitos familiares demostrando que los davides también podían ganar a los goliats y, de vez en cuando, hacer morder el polvo al rico. Cuando el equipo de una ciudad como San Sebastián se lleva por delante a todo un Real Madrid, sientes lo mismo que cuando el chico débil de la clase le pega una buena hostia al abusón: de repente, ya no avanzas con tanto miedo.

“The factory”

Fueron años de gozos enormes, repletos de dicha, en los que me sentía volando por encima del cielo lejos de las garras de una realidad que entonces apenas había asomado su tenebrosa sombra. Nos mudamos de ciudad y de vivir en un barrio obrero pasamos a residir en otro barrio obrero de una villa obrera. La distancia no afectó a mi pasión por la Real Sociedad y, aunque era difícil encontrar noticias sobre el equipo, se podía seguir a los txuri-urdin por los resúmenes de “Estudio Estadio” y alguna noticia en la prensa. Mi ídolo, el gran capitán, que ya sobrepasaba los treinta años, había estado toda la temporada anterior lesionado pero, a su vuelta, habían conseguido llegar a la final de la Copa del Rey. Ese partido fue televisado y recuerdo que lo vi con mi hermano mediano. Después de un empate a dos con el Atlético de Madrid, llegaron a la prórroga y, finalmente, se jugaron la Copa en los penaltis. Cuando el rival fue a lanzar el último disparo, mi hermano y yo miramos la cara de Arconada mientras la grada le cantaba: “¡No pasa nada, tenemos a Arconada!”, y me dijo: “Mira cómo se ríe. ¡¡¡Lo va a parar!!!”. Y no es que se riera, es que, como la Mona Lisa, nuestro portero reflejaba en su ambigua expresión el enorme misterio que escondía en su interior y desprendía tal confianza en sí mismo que los demás no sabían cómo reaccionar. Paró el último penalti y ganamos nuestra primera y única Copa del Rey.

“So alone”

Cómo sería ese equipazo que al año siguiente fueron subcampeones de Liga y volvieron a quedar finalistas de la Copa del Rey, aunque en esa ocasión perderían por un gol a cero contra el F.C. Barcelona, al que empecé a odiar desde ese mismo instante sin saber que en unos meses tendría muchos más motivos para detestarlo con toda la fuerza de la que es capaz un ser humano.  Apenas recuerdo nada de mi primer polvo, pero nunca olvidaré el momento en que me enteré de la felonía. Un buen día, un vecino me dijo: “¿Te vas a hacer del Barcelona?”. Y yo respondí sorprendido: “No, no, ¿por qué dices eso?”. Y ahí empezó el caos. Bakero, Txiki Beguirinstain y López Rekarte, la columna vertebral de la Real Sociedad, se iban, al mismo tiempo, al Fútbol Club Barcelona. No podía creerlo, no era posible, tal vez fuese una broma, era algo que estaba fuera de toda comprensión humana. Pero pronto supe que la noticia era cierta. Lloré como nunca. Ni antes ni después he llorado tanto ni sentido tanto dolor. Me lo habían arrebatado todo.

“End of the party”

Así eran las cosas. Un rival incapaz de crear nada por si mismo acudía a los caladeros ajenos en busca de alimento. Era algo incomprensible, yo siempre había creído que si eras de un sitio luchabas con los que procedían de ese mismo lugar. Años más tarde, en clase de Historia, aprendería que, antes de que nacieran los ejércitos modernos, las tropas se formaban con mercenarios a sueldo. Después de la espantada de Bakero, Beguirinstain y López Rekarte, la Real Sociedad se vio obligada a replantear su política de fichajes y, al poco tiempo, comenzaron a jugar con algunos jugadores foráneos renunciando con esa actitud a una parte fundamental de su esencia. No negaré que había cierta lógica en buscar futbolistas lejos de nuestras fronteras. Euskadi es pequeño, la natalidad estaba en claro descenso y había que competir con el Athlétic de Bilbao que también seguía (y mantiene aún) esos principios. La marcha de Bakero, Beguirinstain y López Rekarte fue un golpe definitivo que sacudió los cimientos de la institución guipuzcoana. Que se fueran tres jugadores de ese talento al mismo equipo y el mismo año fue demasiado duro como para no reaccionar. Era como si los tres Reyes Magos se hubieran ido a trabajar con Papá Noel el día de Navidad.

Muchos de los extranjeros que llegaron a Donosti resultaron ser auténticos desastres que en nada ayudaron al equipo, aunque hubo algún acierto ocasional, como Meho Kodro que dio un rendimiento excelente. Pero Kodro, en cuanto tuvo un poco de éxito, también se fue al Barcelona donde, afortunadamente, fracasó. Hubiera sido muy triste que el Barça, además de chulearnos a los jugadores vascos, también nos jodiera los escasos descubrimientos que hicimos fuera. Estoy seguro que a Kodro, en la Ciudad Condal, nunca le regalaron pescado o un chuletón por cada gol que metía como le pasaba en Donosti; la pela es la pela, hosti tú. Eso sí, vi como al Barcelona de Bakero y Beguirinstain, el A.C. Milán le endosaba un humillante 4-0 en la segunda final de Copa de Europa que disputaron. Mínimo consuelo para un corazón destrozado.

“A house is not a home”

Por si no fuera suficiente, seis años después de la traición, derribaron nuestro campo: Atocha. Un lugar de resonancias míticas, escenario de partidos con sabor a lluvia, con el público situado a menos de dos metros de los jugadores. Atocha fue el epicentro de una comunidad que, en perfecta sintonía con los futbolistas que la representaba, trajo a nuestra gente algunas de las mayores alegrías de sus vidas. Para algunos, las únicas. De allí emanaban fuerzas atávicas comparables a las de un volcán pero, como estaba ubicado en medio de la ciudad, se convirtió en un solar muy codiciado. Demolieron nuestro Templo y construyeron el aséptico estadio de Anoeta en las afueras, un lugar frío con menos encanto que una canción de Carlos Goñi. Cada vez que volvía a San Sebastián ya no tenía un lugar al que pudiera ir. Sólo me servía de refugio el Peine de los Vientos, donde conocí el poder del mar y el talento de Chillida. Se terminaron los dos voladores por cada gol propio y el volador único por gol ajeno que se lanzaban desde Atocha para mantener a la ciudad informada.

“The wanderer”

Roald Amundsen llegó primero al polo Sur pero no hubo poesía ni seducción en su conquista. Sacó su polla y la metió en el hielo. No hubo caricias, velas o una invitación para ir a ver una película en el cine. La Antártida, para el noruego Amundsen, era una muesca más en su revólver de Don Juan, un lugar donde depositar su ego y desde ahí gritar a la humanidad que él fue el primero. Scott, en cambio, llegó al polo Sur un mes más tarde y murió a tan solo 18 kilómetros del campamento con las provisiones que le hubieran salvado la vida. Es verdad que cometió errores de logística y que tuvo hasta un pequeño punto de mala suerte, pero Scott y sus acompañantes amaban la Antártida y, por eso, nunca renunciaron a su vocación científica, cargando ellos mismos con el pesado material para los análisis. Para Scott llegar el primero era tan importante como contribuir a la ciencia y al deteriorado orgullo de su país. La expedición inglesa no pretendía sólo sacar el pene y puntuar, sino que avanzaba por la superficie congelada con un tremendo amor y respeto aunque, finalmente, como suele suceder, el más espabilado de la clase fue quien se llevó a la Antártida a la cama. Hay quien folla y hay quien enamora. Hay quien bate records y quien entra en la leyenda.

“Walking in my shoes”

El mundo es más fácil desde la barrera. Sentado en las gradas resulta obsceno lo cómodo que es aleccionar a un portero sobre la ubicación que ha de elegir cuando le lanzan una falta o lo sencillo que resulta gritarle a un delantero a qué lado tiene que lanzar un penalti. Lejos del rugido de la artillería no parece muy complicado lanzarse contra los cañones pero, cuando estás en el campo de batalla, el humo y el ruido apenas te dejan pensar con claridad y el miedo atenaza tu cuerpo. De pronto, sólo piensas en salir vivo de allí y, si pudieras, te escaparías a la mínima posibilidad. Juzgamos a los demás con una ligereza abrumadora cuando no somos nosotros quienes tenemos que actuar. Me fascina la frecuencia con la que se opina de las infidelidades o las borracheras ajenas, por ejemplo. ¿Qué sucedería si cualquier ciudadano con una vida aparentemente normal empezase a ser tentado por mujeres bellísimas? ¿Y si en cada bar al que fuese le ofrecieran una droga estupenda? Cuando la vida pasa de ti es muy fácil pasar de la vida, ya que tus principios no están expuestos al peligro real. Los problemas surgen cuando llegan las tormentas y tenemos que decidir a qué miembro de la tripulación tiramos por la borda para no hundirnos todos. La calma chicha es aburrida pero no plantea dudas. De pronto, un viento suave trae a nuestros oídos los cantos de las sirenas y aquel que en tierra firme prometió que jamás sucumbiría a sus embriagadoras melodías será el primero que se lance por la borda en busca del placer eterno. La vida es más fácil desde la barrera. 

“The leader of the pack”

Yo era el capitán de Babylon Chàt, una banda de glam rock de provincias que jugaba contra rivales con mucho más presupuesto que nosotros. No estábamos para tonterías y, como los árbitros de las emisoras jamás pitaban a nuestro favor, no nos quedaba más remedio que luchar unidos como un sólo hombre en cientos de campos embarrados. Éramos un grupo trabajador, compacto y sin fisuras, pero totalmente fuera de nuestro tiempo; donde los demás empleaban la cabeza, nosotros poníamos corazón y, mientras los otros ganaban copas, nosotros nos las tomábamos. Éramos la Real Sociedad del Rock. Nuestros escasos seguidores nos animaban más por el ideal romántico que predicábamos que por la escasa belleza de nuestro juego. Para una minoría, nosotros éramos lo único que tenían en su domingo de pan duro y goles en la Condomina, pero ya no quedan héroes como los de antes y yo no iba a ser una excepción.

“Live forever”

Me gusta mucho la valentía y la coherencia de Gary Cooper en “Sólo ante el peligro”. Sentado en el sillón he soñado miles de veces ser como él, un héroe, un ejemplo ético que marca el camino del resto del mundo, un faro que alumbrará la conciencia de futuras generaciones. Pero, en el fondo, yo era otro cobarde más que deseaba volver a casa vivo. Visto desde lejos, resulta enternecedora la pródiga atención que dedica un enamorado a su amada pero, para mí, el cortejo es sólo un medio para la conquista, no un fin en sí mismo. Quiero la recompensa de la piel joven que se derrite entre el fragor entre las sábanas y el perfume enloquecido del deseo. Yo no pensaba morirme a 18 kilómetros del campamento como un gilipollas y, aunque sería maravilloso pensar en la eternidad, por desgracia, no iba a vivir para siempre.

“Fame”

Yo, capitán de la Real Sociedad, recibí una oferta del equipo más poderoso del país que, por supuesto, era el Loquillo y Trogloditas F.C. de Barcelona. La cifra era escalofriante y, además, s entrenador era un tipo ambicioso que estaba formando un equipo de ganadores para arrasar en España y en Europa. Salí del entrenamiento y los compañeros, alarmados por los rumores que leían en la prensa, me preguntaron si era cierto que me iba del club. Negué tres veces que tuviera ningún contrato millonario esperando por mi rúbrica, pero la pura verdad es que había treinta monedas de plata brillando al otro lado del Ebro. Llegué al vestuario y pensé en lo que mi equipo significaba para los que nada tenían y, mirando mi brazalete de capitán, supe que yo simbolizaba el orgullo de la provincia contra la capital, la esperanza de la unión frente a las estrellas individuales. Sin embargo, ahora que me habían tentado con la fama y el dinero, mis piernas y mis principios flaqueaban. Me di cuenta de que podía convertirme en un ganador de verdad y la idea me gustaba. Sentía cómo la ambición quemaba mis venas y, aunque mi papel de héroe local era bonito y romántico, ya no me llenaba lo suficiente. Quería el Polo Sur.

“Mansion on the hill”

La paz de espíritu es la cuenta corriente llena así que decidí firmar aquel contrato y que mis trofeos acompañasen a los que mi abuelo ganó jugando a las cartas. A cambio, me llevé el desprecio y la inquina de quienes antes estaban de mi lado y, también sentí el odio inmisericorde de los que eran como yo cuando yo era como ellos. La vida era injusta y, de la misma manera que yo había sufrido, haría sufrir a quienes menos lo merecían, pero ahora que veía la pieza corriendo delante de mí, el apetito no disminuía sino que aumentaba. Por fin tuve la gloria, los mejores hoteles, los vuelos privados, la reserva siempre a punto en el restaurante y las mujeres inalcanzables a mi alcance.Vendí mi alma y, aunque durante los primeros días lloré por mi propia traición, en cuanto leí las portadas elogiosas que me dedicaban y la directiva me pagó mi primer sueldo, volví a sonreír como nunca antes había hecho. Cambié los ideales inmateriales de mi infancia por las realidades tangibles de mi madurez y mi retrato moral se agrietó hasta desfigurar el cuadro. Pero, como Dorian Gray, me mantuve eternamente joven gracias a la Copa de Europa que gané aquellos años.

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